Archivo para 27 julio 2010

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Jul
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El nuevo Papa Ratzinger y la historicidad de la Religión de Roma

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Por Julio Pino Miyar
<isla_59_1999@yahoo.com>

UNO

Quiero comenzar pidiéndole disculpas a Cintio Vitier, pues voy citar algunas hermosas líneas de una carta personal que él me hiciera en 1998, donde menciona la visita papal a Cuba en enero de ese mismo año, y me dice de Juan Pablo II:

“Lo cierto es que acabó hablando con nuestro pueblo, y nuestro pueblo con él, mejor de lo que esperábamos, relacionó el viento con el Espíritu, la lluvia con la esperanza”.

Hacía más de dos semanas que Juan Pablo había muerto. En aquel momento, mientras charlaba por MSN con una amiga que estaba en Valladolid, España, mi televisor comenzó a dar la noticia de que acababa de salir una fumata blanca en la chimenea del Conclave Vaticano. Eran aproximadamente las 6 de la tarde, hora de Roma y mediodía en el Caribe.

El Cardenal Joseph Ratzinger, el prelado que representa la línea más dogmática e intransigente de la Iglesia católica, acababa de ser elevado al trono pontificio de Pedro. Con ese acto, efectuado el martes 19 de abril del 2005, quedaba reiniciada por doscientos sesenta y cinco vez la tradición secular más vieja que soporta la civilización de Occidente: La elección del Sumo Pontífice, colocada dentro de una compleja línea histórica y jurídica que afirma remontarse a mediados del siglo I de nuestra Era.

Joseph Ratzinger, envestido como Benedicto XVI ante la curia vaticana y el pueblo de Roma, que desde hace días hacía acto de presencia en La Plaza porticada de San Pedro, tal como la  concibiera el arquitecto Gianlorenzo Bernini a mediados del siglo XVII, es el  segundo Papa no italiano que hasta ahora posee la historia moderna. En el momento de la exaltación de Karol Wojtila como Juan Pablo II,  el 16 de octubre de 1978, hacía cuatrocientos cincuenta y cuatro años que no era elegido en Italia un Papa extranjero. Los dos últimos Papas no italianos habían sido el español Alejandro VI (1492-1503), vinculado políticamente al Descubrimiento e inicio de la colonización de América, quien en 1500 celebró  un Jubileo,  y el Papa Adriano VI (1522-1523) nacido en Utrecht, Holanda.

Joseph Ratzinger es además el primer Papa nacido en Baviera –hoy provincia de Alemania– en los últimos mil años. Víctor II, electo en 1055, era hasta hoy el último Papa bávaro que ascendiera a la primera magistratura religiosa de Occidente. El antiguo Papa estuvo vinculado a los procesos de reforma religiosa y política del siglo XI, los cuales marcaron profundamente las relaciones entre la Iglesia y el Sacro Imperio romano germánico y tuvieran su culminación en la figura del Papa Gregorio VII, quien protagonizara la “querella de las envestiduras”,  la cual culminara con la humillación física del Emperador Enrique IV ante a su majestad pontificia, dueño por un momento del más acariciado sueño eclesial: el menester teocrático.

Joseph Ratzinger, al asumir en Roma el nombre de Benedicto XVI se vincula también de este modo a su inmediato predecesor nominal, Benedicto XV, quien fuera un contemporáneo de la Primera Guerra Mundial, publicara una encíclica conocida como la carta magna de la Iglesia misionera y beatificara a Juana de Arco. Hubo, entre muchos otros, un Benedicto VIII, el cual, a  principios del siglo XI, convocó el sínodo de Pavía en el que se condenó el concubinato de los clérigos.

Joseph Ratzinger se ordenó como sacerdote en 1951, obtuvo la cátedra de teología en la Universidad de Bonn, y, en tiempos de Juan XXIII, participó como experto en la materia en el Concilio Vaticano II. En 1977 fue consagrado Obispo. Fue nombrado Arzobispo en Munich y creado cardenal por Paulo VI.  Desde 1981 es prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el ex Santo Oficio… Como autor publicó en 1967 una obra de considerable éxito “Introducción al cristianismo”. En 1992 fue nombrado presidente de la comisión encargada de elaborar el Nuevo Catecismo. Entre los años ochenta y noventa ha publicado títulos como “Iglesia, ecumenismo y política” y “Verdad, valores y poder”.

A pesar de haber sido uno de los teólogos del Concilio Vaticano II, Joseph Ratzinger es llamado en ciertos conventículos  “perro guardián de la ortodoxia”,  ha criticado la apertura, según él, secularizadora del propio Concilio Vaticano II, y es, hoy por hoy, el archienemigo de la Teología de la Liberación. Nacido en 1927, hijo de humildes y tradicionalistas campesinos bávaros, fue llamado a ingresar obligatoriamente en el ejército nazi alemán en los meses finales de la Segunda Guerra Mundial, fue hecho prisionero por las tropas aliadas y al poco tiempo  liberado.

Son estas últimas las líneas que apresuradamente he podido recoger en la prensa internacional y que trazan, sólo en la medida de mis posibilidades, la semblanza política de Joseph Ratzinger.  Me afirman que  la revista Time el año pasado ya lo había colocado en la lista de los cien hombres más influyentes del mundo. Hoy Benedicto XVI debe estar, sin dudas, entre los diez primeros.

Pero, volviendo a Latinoamérica, a Cuba y a Cintio Vitier, frente al concepto de lo católico fundamentalista puede muy bien esgrimirse el espíritu vivificador de la catolicidad. Aunque para explicarlo, lo primero que debe decirse es que la civilización de Occidente es una comunidad de naciones. Una comunidad histórica y cultural donde la religión cristiana cumplió durante mucho tiempo su mejor definición semántica: Religar, unir, articular socialmente a la comunidad de fieles –en términos nacionales y supranacionales– no sólo a lo largo de una enrevesada historia, y sobre la base de un principio moral –originalmente basado en el decálogo moral judío–, sino en términos de comunidad de destino y de una particular filosofía del sentido y significado humano de la existencia.

El cristianismo, concebido y elaborado como doctrina social desde los primeros siglos de nuestra Era, aporta una concepción de la vida humana y de la experiencia religiosa únicas dentro del contexto de las religiones romanas, germanas, griegas,  mediterráneas y orientales, en el que tuvo lugar su aparición en un concreto momento histórico. Lo paradójico resulta que su propia y sostenida pretensión de universalidad, es uno de los aspectos que más la singulariza entre el resto de las religiones del planeta.

El escritor y germanista Jorge Luis Borges escribió en su introducción a  la poesía germana del siglo XI del islandés Snorri Sturluson, que el cristianismo era, entre todas las religiones del mundo,  la única que había tenido misioneros y mártires.

El Concilio de Trento (1545 -1563) y Vaticano II (1962 – 1965) fueron los dos grandes concilios de la Modernidad. Entre ambos median cuatro siglos. En el primero se vertebró la conciencia histórico universalista de la primera Modernidad romano – española, enfrentada a la segunda Modernidad,  representada por el movimiento cismático de la Reforma. Fue, en  cierto sentido, el humanismo renacentista de Erasmo de Rótterdam esgrimido contra la doctrina individualista y subjetivista del teólogo y disidente alemán Martín Lutero. Vaticano II significó, por su parte, el más importante intento del catolicismo de adecuarse a las nuevas circunstancias sociales e ideológicas que cuatro siglos, de una muy problemática Modernidad capitalista, habían impuesto al mundo.

Pero lo intensamente dramático de estos profundos cambios acaecidos a partir de los siglos XVI y XVII no fue sólo el formidable giro de la orientación socioeconómica de Europa, en el contexto del nacimiento de una nueva doctrina religiosa  –el Protestantismo– sino la  notoria falta de voluntad política para el diálogo pan europeo demostrada por las grandes potencias e instituciones político – religiosas de la época, que debió incluir por igual a todas las partes interesadas y en conflicto.

España quedaba así relegada históricamente al oeste de los Pirineos, ensimismada y ajena dentro de su propio y particular ideal cultural e ideológico y en su tan contradictoria concepción de una hispanidad imperial, mientras el viejo sueño católico–romano sólo pudo volver a expresar sus mejores posibilidades civilizadoras, al religar en torno a él a las nuevas sociedades latinas emergidas en el hemisferio occidental.

Si bien es cierto que España fue desde la Edad Media una excepción en el desarrollo histórico de las sociedades de Occidente, la derrota de la primera Modernidad romano–española, aglutinada en torno al Concilio de Trento, afianzó enormemente este carácter de excepción cultural del pueblo español. Los pueblos hispanoamericanos, al ser los inmediatos herederos de España, son así los hijos de una primera Modernidad hispano–católica vencida, que han tenido que sufrir inermes, desde el siglo XVI, el impacto hegemónico de la segunda Modernidad luterana, calvinista y capitalista.

Uno de los grandes problemas que ha padecido Europa una vez se configurara como potencia hegemónica mundial y se vieran desatadas sus grandes fuerzas internas, hijas de la industria, el comercio y el conocimiento técnico-científico, es su escasa capacidad conciliar. El diálogo entre pensadores, artistas, hombres de empresa, políticos de ambas orillas beligerantes Reforma y Contrarreforma habría sido el único modo de  superar el Cisma abierto por el predicador Lutero entre las antiguas sociedades mediterráneas, herederas directas de la antigüedad clásica y las nuevas sociedades nórdicas, donde primero se acrisolaran las virtudes del mercado, herederas del tipo de sociedad medieval germana.

DOS

Una persona conocida, ávida y apasionada estudiosa de temas del Oriente, viajó en una ocasión a Barcelona y allí, una amiga común, esposa de un editor, le propició un encuentro con Eugenio Trías, uno de los filósofos más reconocidos del actual escenario intelectual de España. Después de un almuerzo informal ambos pasaron a comentar diversos aspectos de la filosofía oriental en su relación con la historia y la problemática de la civilización europea. Mi antiguo conocido se explayó como siempre y pasó a su habitual crítica de Occidente y a exponer enfáticamente su criterio de una manifiesta superioridad cultural de las religiones y sociedades del Oriente… frente a una Europa agotada. Trías le miró de hito a hito solamente para decirle, sin negarle sus razones:

“Occidente es irrenunciable.”

Después el filósofo convino en que nuestra época necesitaba de un nuevo concilio ecuménico, en el cual estuvieran representados por igual todas las sociedades y religiones del  Occidente y el Oriente.

La Iglesia de Roma salvó la memoria histórica de Occidente al mantener viva para el conocimiento, el arte y la especulación teórica a la antigüedad clásica griega y romana y sostener durante mil años la unidad articular de Europa bajo el cristianismo. La desintegración de la unidad de Occidente tuvo su complemento ideológico en la crisis de los grandes sistemas filosóficos y religiosos que sustentaban a ese proyecto histórico y cultural.

La religión cristiana entre los siglos XV y XVI padeció inicialmente una crisis interna, luego se escindió, y, con ella, la unidad política – secular del viejo continente. La aparición de los nuevos nacionalismos estuvo en principio aparejada a una voluntad de reformar desde adentro la Iglesia romana. Las guerras campesinas del siglo XVI –el hecho más trascendental de la historia de Alemania, según Federico Engels– fueron la expresión social de un agudo conflicto ideológico ejemplificado por pensadores como Martín Lutero y Juan Calvino, quienes crearon –frente a los ideólogos de la Contrarreforma– la coartada moral que justificaba la propiedad privada y el libre mercado.

Cuando Federico Engels se dedicó a estudiar el nacimiento de la Modernidad Protestante, abordando para ello tanto el carácter de las guerras campesinas en la Alemania del siglo XVI, como la compleja trayectoria del pensamiento religioso, pudo muy bien definir la esencia marcadamente individualista del nuevo proyecto histórico. Engels vio en el predicador Lutero lo que después vería en el economista Adam Smith ideólogos ambos de una burguesía ascendente. Si el alemán Lutero privatizara la Fe, al  definirla como parte consustancial del individuo, separando con esto autárquicamente al creyente individual del resto de la comunidad de fieles, el inglés  Smith concibió el espacio privado como la esencia de la personalidad humana, separando también de modo autárquico el interés particular de cada individuo de los intereses generales de la sociedad. En ambos casos fueron los nexos del individuo con la sociedad los que quedaron cercenados. Es a partir de ahí que pudieran ser entendidas las razones del patente fracaso de todo menester conciliar en Occidente, ya sea de tipo religioso o profano, al quedar internamente desreligadas de su antigua relación comunicativa individuo–individuo–colectividad, las nuevas sociedades protestantes nacidas bajo el modo de producción capitalista.

Engels en su análisis crítico de las ideologías religiosas, no reparó lo suficiente en las diferencias fundamentales que existían en los espacios sociales regidos por el Catolicismo y el Protestantismo, simplificó con eso no sólo la problemática histórica de los primeros siglos de la Modernidad capitalista, sino, incluso, la problemática interna de los diez siglos que configuran la Edad Media. Un enorme espacio histórico y cultural que debería ser sometido a varias subdivisiones cronológicas, acercamientos más específicos a cada uno de sus particulares contextos culturales y  socioeconómicos y a una mejor definición semántica a la hora de  denominarla.

Regresando al Concilio religioso Vaticano II, fue éste el de mayores pretensiones ecuménicas y universales que tuviera lugar en la historia de la cristiandad desde los lejanos tiempos de los primeros siete concilios efectuados en el Oriente, antes de producirse el primer Cisma cristiano que deslindara, en el siglo XI, a las Iglesias Ortodoxas griegas de la Iglesia romana. Lo curioso es que Vaticano II estaba en la difícil situación histórica de ser la heredera de dos cismas el Ortodoxo y el Protestante que conspiraban abiertamente contra la nueva aventura universalista del Papa Juan XXIII,  máximo mentor de Vaticano II.

Lo que se puede comentar de modo desfavorable, en torno al último gran concilio de la historia, es que llegó algo tarde. La Iglesia de Roma ya no tenía en Europa su viejo prestigio ni su antigua fuerza política – cultural, ni  tampoco la misma  capacidad de religar, en torno  de sí, como lo hiciera en pasados siglos, a la comunidad de fieles. De cualquier manera Vaticano II nació de la necesidad histórica de replantear el diálogo eclesiástico intercultural e inter social a todos los niveles política y teológicamente viables. Vaticano II fue el resultado de una profunda necesidad conciliar que habita, a pesar de todo, en el espíritu de Occidente, desde sus lejanos orígenes ético – cristiano y cívico – ateniense.

Se ha acusado constantemente a Vaticano II, por parte de la curia de derecha, de intentar secularizar  la doctrina de la Iglesia al tratar de adecuarla a la nueva época histórica… Secularizar significa aproximarse significativamente y enriquecerse doctrinariamente, desde el punto de vista de la doctrina religiosa, con el proceso de cambio que han traído los nuevos siglos para la historia de Occidente y del mundo en general, movimiento social del que la misma Iglesia es parte inobjetable. La Iglesia fundada por Pedro, el más carnal de los discípulos de Jesús, según nos lo afirma la misma tradición bíblica, es una realidad histórica profundamente mundana, esencialmente concebida para unir a la comunidad de fieles en nombre de un destino moral y una supervivencia socio – cultural. Por tanto, si se contempla la Iglesia de Roma desde su tan particular como accidentado tránsito histórico, el debate entre Iglesia o historia puede resultar ocioso; sólo se justifica políticamente este debate para separar a la Iglesia de una pretendida secularidad… en nombre de otros intereses seculares.

Tal vez en Europa, una civilización dotada de un enorme pasado histórico, mucho más museal y académico que social y popularmente activo, el tema de la llamada secularización de la Doctrina católica tenga más tintes teóricos o propiamente ideológicos, que políticamente prácticos, máxime si tenemos en cuenta que en el momento de producirse Vaticano II Europa volvía a estar política y socio económicamente dividida, dramáticamente desfigurada en dos bloques antagónicos, el Este y el Oeste, quienes amenazaban la propia supervivencia planetaria, mientras se anquilosaban en planteamientos lapidarios que hacían casi imposible, para ambas partes, el desarrollo verdaderamente libre y original de las ideas.

No creo que pueda ser casual que es en América Latina y sus sociedades eminentemente católicas, situadas en la periferia geopolítica de la civilización de Occidente, donde las consecuencias políticas y civiles del Concilio religioso  Vaticano II hayan tenido mayor impacto. Es lo que podría llamarse en Nuestra América el espíritu abierto y vivo de la catolicidad frente al dogma secular de los fundamentalistas. Aunque es bueno tener también en consideración, que el espíritu abierto de la catolicidad sabe operar mejor, a diferencia de los dogmas heredados del pasado religioso y la ley escrita por los doctores de la Iglesia, en las áreas vivas de la cultura humana, en las realidades orgánicas de las socio – economías, las libertades individuales y deberes y derechos colectivos, en la gran ágora cívico ciudadana, que es donde único se puede ejercer el viejo paradigma cultural del diálogo participativo ya sea de motivo profano o religioso.

Fue el pensamiento filosófico post hegeliano el que al abordar la milenaria problemática religiosa del cristianismo, lo dejara convenientemente instalado dentro de la historia, para desde esta llegar a elaborar su crítica más original. Es la línea intelectual que, en la Alemania de principios del siglo XIX, se inicia con pensadores como Strauss, Bauer… y asciende desde Ludwin Feuerbach hasta Carlos Marx.

Lo particularmente curioso de la crítica a la Religión elaborada en la Alemania de principios del siglo XIX, es que al realizar la reinstalación de una idea, pretendidamente absoluta como la religión cristiana, dentro de un marco histórico y social para desde él ejercer su estudio crítico, por un lado la delimita y relativiza enormemente, mas por el otro le entrega a la Religión la posibilidad única de un acercamiento mucho más directo con la realidad humana, esencialmente concebida para habitar y producirse dentro de una realidad esencialmente histórica. Y es  allí,  en la historia y la sociedad, donde la Religión puede confluir con la práctica  social.

Es el humanismo materialista de Feuerbach en diálogo franco y abierto con  la Religión y el pensamiento  marxista.

Aunque un tipo nuevo de humanismo que no busca desarbolar a las esencias transcendentes de la vida para empantanarlas en una objetividad inorgánica, enajenada y baldía, desvinculada del quehacer activo, práctico – teórico del hombre, es,  por el contrario, un humanismo que quiere ver liberada en la historia y en la sociedad su preterida esencia. Un humanismo conciliar que busca ver fundado sus presupuestos básicos desde el paradigma cultural del diálogo, raíz existencial de cualquier empresa cívica.

Para casi terminar y no alejarme definitivamente de la mística y la mítica… una observación:

Si bien es cierto que toda humanidad tiene un contenido social, es un hecho comprobado que no todo contenido social se desarrolla hacia una forma humana. Del mismo modo, toda humanidad posee un contenido natural, aunque no por eso cualquier contenido natural tiene que ser humano. ¿Dónde es que radica entonces la esencia original de lo humano? ¿En la naturaleza? ¿En la sociedad? En el hombre se mueven fuerzas desconocidas, eso es para mí un criterio de índole especulativo, más un criterio al fin.

Hoy el Cardenal Joseph Ratzinger es el nuevo Papa, hemos asistido a la histórica ceremonia de su investidura y más de medio millón de personas hicieron acto de presencia en la Plaza ovalada y porticada de San Pedro. Lo que se cuece en el Vaticano detrás de esa elección, como en las grandes esferas de poder del planeta, pertenece sólo a la especulación política. Hoy hay solamente un hecho de importancia significativa: el mundo tiene un nuevo Papa y la comunidad internacional de feligreses tiene hondos y milenarios motivos para alegrarse.

Quiero por mi parte terminar como empecé, con unas breves líneas de una carta personal que me escribiera Cintio Vitier en 1998 a raíz de la histórica llegada de Juan Pablo II a nuestra Isla:

“(…) No hagamos institución de nada, ni de nuestras opiniones, disfrutemos de la brisa, también, cuando entre en el templo, y cuando él sale a ella. Todo disfrute, todo placer verdadero es hacia delante, hacia los orígenes: teleología de la memoria. Tu carta me ha parecido nutritiva, fortalecedora. No entenderla del todo es entenderla mejor, y lo que más me ayuda es “ese olor a humo de una humilde casa campesina” que nos reúne en torno al fogón de  mi casa de Empalme”.

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