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Ago
10

El escritor, el compromiso y el mundo

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Francisco Quevedo

Iniciado ya el siglo XXI, sigue debatiéndose en los conventículos del pensamiento y en los más variados escenarios políticos, el papel del artista y del intelectual ante la vida. Ante la vida política y sobre la racionalidad ética del compromiso.

El arma del intelectual es, de este modo, la crítica frente a un mundo que surge por constante oposición a él, a su ideario, a su racionalidad. Las grietas del mundo son, entonces, observadas por el artista desde la óptica de la razón y el juicio; desde los preceptos universales de la belleza y la sensibilidad.

Este enfrentamiento, Arte y Pensamiento versus Mundo, es del todo  correlativo a una época como la nuestra, donde el artista, y toda forma genuina de creación, ha sido marginada de los grandes centros de poder. Una época donde, proporcionalmente a la subida del valor económico de los objetos de arte -pinturas, libros, música, cine, etcétera, – existe una corrosiva depauperación del valor real de las obras.

Las comentadas fugas decimonónicas de grandes artistas hacia tierras situadas lejos de Occidente, o ubicadas en su periferia, revelan de manera elocuente la progresiva descontextualización de un pensamiento, una sensibilidad y un modo de vida que han sido, poco a poco, arrinconados por “esa magia burguesa” que comenzó a imperar en todas partes, porque hay muy pocos lugares sobre la tierra donde el artista, como disidente moderno del mundo, pueda huir dando un portazo con o sin su equipaje.

El mundo burgués, como bien lo supieron ver hombres como Cervantes y Quevedo a comienzos del siglo XVII, presupone un encantamiento de las antiguas formas naturales de la vida, allí donde el dinero no se había convertido todavía en “poderoso caballero”. La sociedad de los mercaderes vino a imponer, con su acción trasformadora -entre ofertas, falsas promesas, remates y fanfarrias- un acto de presdigitación, una suprema inversión de los valores, un vulgar escamoteo de las esencias de la vida, y una profunda subversión de las fuentes originales del arte y la existencia humana.

En nombre de los falsos valores de esa sociedad es que se levantan, hoy en día, todos los entarimados inimaginables, los retablos de cartón más acuciosos, el imaginario guiñol, donde se representa, bajo el aplauso atronador  de un millar de fariseos, la farsa de la época, que corona bulliciosa, con la insignia de laurel de cartulina, al buen burgués devenido en afamado autor de libros para el consumo, autor sin par, con beneficios de nuestra empobrecida comedia humana.

Por otra parte, ese cuento ideológico que las democracias de Occidente no conocen disidentes, no solamente es bastante falso sino que pretende ignorar que la civilización occidental, al modo de la original tradición del pensamiento heterodoxo que hay en España, ha sido cuna y tribuna de toda una alta cultura histórica de la disidencia por la cual Arthur Rimbaud pagó su saldo en un miserable hospital de Marsella, luego de regresar de su exilio en África, y Vincent Van Gogh, el suyo, con su exilio entre los campesinos del Medio Día francés y su locura, internado en el sanatorio de Arles.

Pero el mundo encantado de la burguesía, que prolifera entre nosotros en juicios y actitudes, nos entrega una tercera disyuntiva como alternativa ante una resistencia en solitario o integrarnos definitivamente al Sistema. Esa tercera opción descansa en un principio lógico: cuando no hay salida teórica para los problemas del intelectual, o del artista, que como individuo está sufriendo su largo desarraigo en las tierras pedregosas y baldías del mercado y la abulia, son las razones consustanciales a su origen y destino como hombre las que deben responder por él, hoy, mañana y siempre. En esa semilla original puede estar también la atribulada belleza del mundo, común a todos los hombres, como el sentido de lo que se hace en los conceptos de realidad y poesía. Conceptos que nos trasfieren el sentimiento de sabernos pertenecientes a algo; que se es elemento vivo de una comunidad sociocultural que se mueve en el tiempo con todas sus contradicciones a cuestas.

Por lo tanto, si debemos fugarnos hacia alguna parte, que esa parte sea la realidad. Y si nos decidimos a asumir los riesgos del compromiso será alentador saber del significado colectivo que los riesgos poseen; ese tamaño punto de inflexión donde la soledad del creador puede tener a su lado millones de seres humanos.

Refiriéndose a sí mismo, Bezukof, uno de los personajes más importantes de la novela Guerra y Paz, de León Tolstoi, emitió esta valoración sobre los artistas e intelectuales. Cito de memoria: “No es que no amemos la vida, sino que de tanto amarla somos incapaces de vivirla”. Esto es profundamente cierto. En el fondo no ha sido pereza la razón del consabido desvalimiento moderno del artista ante el mundo. La vida ofrece una gama tan variopinta de significados que son comunes los extravíos para los que ejercen demasiado el oficio del pensamiento. La vida es a veces trágica, es cierto; que el mundo jamás estará a la altura de nuestras expectativas es, además, una verdad lapidaria…

Y Pedro Bezukof, el noble ruso apasionado, emitió su verdad más íntima ante las ruinas históricas de la Batalla de Borodino, librada contra las huestes napoleónicas. Justamente en los momentos más dolorosos del mundo, donde de todas partes los rifles tiran a matar, el arte y el pensamiento son, entre otras cosas, reparadores de nuestras cuotas de humanidad perdidas; la expresión orgánica de un compromiso donde la belleza no es ciertamente una de sus últimas verdades tributarias. No obstante, los específicos modos políticos que ha de revestir ese compromiso tiene que resolverlo cada cual con su conciencia.

La literatura, el compromiso y el mundo conforman así para el artista una trinidad política que se puede explorar ilimitadamente de manera conceptual, o decidirse a habitar en ella desde la esfera de la praxis social. Por otra parte, en algún lugar de sus textos, el pensador italiano Antonio Gramsci definió al intelectual no por la imagen que tiene de sí mismo, sino por la función social que cumple. Todo arte y pensamiento verdaderos la cumplen por sí mismos, por eso no debe asustarnos para nada esa definición. El significado social de la obra de arte, como el reconocimiento explícito de aquello que el hombre es ante los suyos, cobra una importancia que trasciende el marco de las relaciones habituales del artista con su obra.

Porque el compromiso no es otra cosa que la forma más temible, acaso la más bella, que tiene el artista para decidirse a fijar para siempre, y entre nosotros, su residencia en el mundo.

Julio Pino Miyar
<isla_59_1999@yahoo.com>

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