Archivo para 24 julio 2011

24
Jul
11

Las corridas de toros, ¿arte o tortura?

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Estocada Toreador en MexicoFoto: Steven de Polo

Señor
Carlos M. Estefanía
CUBA NUESTRA DIGITAL

Estimado Señor Estefanía:
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¿Alguna vez se han preguntado qué es en realidad la llamada “Fiesta Brava”?

Pues la llamada “Fiesta Brava” no es más que una tortura infame, es “el arte” de matar lenta y dolorosamente a un animal por diversión, pero, ¿puede existir en esta carnicería arte?

Quizás algunos fanáticos insistan en que es un “arte, pero no lo es. Es una ciencia, la ciencia de la tortura. Nada de lo que ve el espectador es verdadero, tan solo dolor.

Lo que muchos no saben es que desde muchas horas antes de iniciarse “la fiesta, es que” el toro ha sido sometido a un encierro en la más completa oscuridad, le han clavado sobre su lomo el emblema de la ganadería a la que pertenece, le han “afeitado” (recortado lo cuernos para proteger al torero), le han colgado pesados sacos de arena en el cuello durante horas para debilitarlo, le han golpeado en los testículos y en los riñones, le han aplicado grasa en los ojos y se le ha dado a beber agua con sulfato para inducirlo a la diarrea y en las pezuñas una sustancia que le produce ardor.

Cuando el toro sale a la luz y oye los gritos de los espectadores, se asusta y en su desesperación, trata de huir, muchas veces saltando las barreras, lo que produce en el público la sensación de que el animal es una fiera feroz.

Acto seguido, salen los peones para tantear la fuerza del animal y después sale el “diestro” que con movimientos amanerados y gritos, incita al toro a que embista al capote. Luego de unos cuantos pases, salen los picadores montados en caballos viejos y protegidos por un peto detrás del cual se ocultan cicatrices.

El trabajo del picador consiste en desangrar al toro para debilitarlo aún más clavándole con una vara que termina en un gancho de acero que le causa al animal una enorme herida que le lesiona los vasos sanguíneos y le destroza varios nervios y músculos del cuello. Un solo puyazo sería suficiente, pero lo hacen en tres tiempos para mayor goce de los aficionados.

Luego, vienen los banderilleros que intentan colocar las banderillas que, algunas veces, terminan en arpones de más de dos pulgadas, justo en el mismo sitio ya dañado previamente por la pica, para que la hemorragia continúe. ¡Y son tres pares de banderillas! Tres pares de banderillas que con el roce de la muleta y con cada brisa se mueven, desgarrándole los tejidos.

La pérdida de sangre y la incesante tortura, impide al toro levantar la cabeza de manera normal, y es en ese momento, cuando“”la fiera”” se encuentra más muerta que viva, que “el maestro” le termina la faena con un artistístico y elegante pase de pecho dándole la espalda al animal en un alarde de insólita valentía para luego posar y recibir la ovación del público enloquecido.

Por último, el toro es atravesado por un estoque de 32 pulgadas de longitud que puede destruirle el hígado, los intestínos, los pulmones o el corazón, dependiendo del lugar por donde penetre el estoque.

Algunas veces, el toro tiene suerte y cae con la primera estocada, pero muchas veces “la suerte suprema” tiene que ser repetida varias veces porque el animal por instinto, se resiste a caer. Entonces recurren al descabello que se efectúa con otra espada que termina en una cuchilla de tres pulgadas y si el “diestro” no tiene pulso, tienen que recurrir a rematarlo con la puntilla de cuatro pulgadas que rompe la medula espinal y así muere muchas veces ahogado en su propia sangre.

Antes de arrastrar al toro por la arena, en la cual deja una estela de sangre, se pueden percibir en sus ojos lágrimas de dolor.

Esta es la realidad de la llamada Fiesta Brava, para algunos, un arte, para otros, una infame tortura y un abuso hacia los animales.

¿Por qué será que las corridas de toros están prohibidas en la mayoría de países?

José M. Burgos S.
burgos01@bellsouth.net

24
Jul
11

El ideal de la Filosofí

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Ludwing Feuerbach

 

Julio Pino Miyar”

El maestro Ludwing Feuerbach, quizás el filósofo más importante de la época inmediatamente posterior a Federico Hegel, retirado por décadas en la pequeña y hermosa ciudad alemana de Bruckberg, escribió de sí mismo que era un contemplativo anacoreta, pero no por ello desprovisto de un fuerte sentido práctico.

Es necesario añadir que el espíritu práctico y el espíritu contemplativo poseen toda una serie de puntos válidos de contacto. La experiencia puede, sin dudas, revestirse con el ropaje de la reflexión, del mismo modo que la reflexión puede ejercer mejor su soberanía cuando habita en el interior de la práctica. Aunque es cierto que a veces todo se diluye en la práctica, del mismo modo que, en ocasiones, no somos capaces de sobrepasar el horizonte puro de la reflexión. Por eso es bueno no olvidar -arriesgando con esto una definición que no es mía- que el hombre es ese ser lógico, empíricamente perceptible, que posee el concepto de su propia existencia.

Las deducciones lógicas de los individuos genuinamente contemplativos inciden a menudo en la realidad, trayendo con esto depuradas consecuencias prácticas. Los eventos prácticos se convierten, de esta manera, en situaciones de partida para la reflexión que debe sucederlos. Pensamiento conceptual que aparece como razón inevitable y como consumación intelectual, distante y sosegada, de una serie de acontecimientos prolongados en el tiempo.

En sus famosas Tesis sobre Feuerbach, Carlos Marx propuso elevar la razón práctica al rango de primacía que, hasta ese momento, había ocupado la teoría. Pero, aunque es cierto que, históricamente, muchos de los problemas planteados por la filosofía no pueden ser resueltos desde su propio campo sino en la práctica, es también necesario reconocer que no ha sido inútil que el pensamiento especulativo los desarrollara y se preocupara por buscarles solución teórica. Aunque con esto remarcara, paradójicamente, la insuficiencia de la teoría, abriendo paso a la razón política, que vendría a realizar, en el mundo terrenal, las más genuinas preocupaciones del antiguo mundo de las ideas: su contenido humanista y moral, como su viejo afán gnoseológico.

La realidad práctica, que contiene las acciones de los hombres, implica además, el tema fundamental de la libertad, como cuestión de valor electivo, en el que al hombre le es dado poder asumir una opción en particular, dentro de un número determinado de opciones. El hombre logra su libertad cuando tiene la capacidad moral de decidir correctamente, y para eso necesita ser él mismo. Es decir, recuperar, desde su perceptible concreción, su universalidad moral y su razón política. Aunque para eso necesita habitar una Ciudad política que garantice sus decisiones. Si hacemos un seguimiento de las ideas de Federico Hegel, es en la Revolución Francesa (1789), donde podríamos ubicar los prolegómenos modernos al viejo sueño filosófico de la libertad, a partir de la construcción de una hipotética Ciudad establecida sobre un ideal moral.

El Estado, la socioeconomía, como la participación social y política son, en cuanto tales, estructuras o eventos de una misma totalidad que, sometida al cambio y la contradicción, se vuelve histórica. Mas, no se trata de decretar la muerte de la especulación filosófica, sepultada por el devenir concreto de la actividad política, sino de dotar a la experiencia humana de una racionalidad de índole filosófica, la cual, utilizando los viejos conceptos, se vincule con nuevas herramientas al proceso de cambio real que la propia filosofía exige desde milenios al mundo. No es por ello al triste funeral de la filosofía a lo que debemos asistir, es, por el contrario, a una optimista reorientación psicológica del espíritu humano, quien resaltando el valor de la idea frente al mundo concreto, hiciera de la experiencia política la nueva tierra de promisión del pensamiento especulativo.

El viejo sueño del capitalismo liberal de una sociedad erigida desde la propiedad privada, la libre concurrencia económica y la democracia representativa, ha tenido que ceder paso a una realidad colmada por la materia mercantil indiferenciada y por el endeudamiento financiero que corroe los cimientos de la propiedad. La propiedad se ha volatilizado del mismo modo que el capital se ha centralizado, mientras que las instituciones políticas agonizan ante el impacto de los grandes intereses creados. Nos enfrentamos, de este modo, a un totalitarismo financiero, y a un Estado que es su representación fáctica, ya que el curso de los acontecimientos ha impuesto en la sociedad el funcionalismo más extremo, entretanto, los principios universales, correlativos al pensamiento especulativo, han dejado de ser inteligibles.

Como criterio opuesto a este estado de cosas se podría argumentar que el conocimiento no sólo tiene su origen en lo práctico sensible, puesto que la intuición intelectual conduce a otra forma de conocimiento que, como idea del mundo, lo configura, le da forma y lo hace inteligible. Pues si es cierto que sólo de los objetos los seres humanos extraen sus ideas, también es cierto que es desde la abstracción que el hombre le es dado comprender lo esencial del mundo de las cosas materiales. Luego, existe un primado de las ideas a la hora de relacionarnos con el mundo. De lo que se desprende, que valor que le otorgamos a la experiencia práctica solamente es comprensible si se acepta su inmediata correlación con la experiencia intelectual.

Para Hegel, la objetividad era materia inerte. Sólo mediante el trabajo creador se puede despejar el camino que conduce a rehabilitar el mundo natural, como lugar esencial de la experiencia y el hábitat del espíritu cognoscente. A partir de esto es que se puede proponer una vindicación de la filosofía, como filosofía del mundo y para el mundo, como premisa que, al interactuar con la materialidad de los eventos, haga descender la razón teórica de su antiguo cielo.

El gran universal de la filosofía es el hombre mismo, que es la realización relativa aunque concreta de sus propias postulaciones, y de aquellas categorías históricas que han aparecido como soporte de su propia concepción y existencia. La historia aparece entonces como una máxima generalización del comportamiento social del hombre. Y a este universal, que es también la historia, se llega, como a todos, no sólo por el camino de la percepción práctico–sensible, sino, además, mediante la intuición mental y la reflexión teórica. La inteligibilidad de la historia, como fundamento del pensamiento filosófico del hombre, tiende así a revelar problemas básicos de su condición, y es también la forma en que se manifiesta la actividad social, pautada por el desarrollo de las formaciones económicas y las instituciones y concepciones que emergen de su suelo.

Hegel, concebía la historia como un lento proceso de humanización fundado por el trabajo conjunto y el diálogo, porque es en la historia donde todo adquiere su máxima realización. Y es, además, en la historia donde las cosas adquieren un carácter transitivo, relativo y donde todo puede ser ampliado, modificado. Se trata, por tanto, de comprender el valor positivo de la negatividad, como agente de cambio y liberación del potencial humano. Y de la misma manera que el movimiento del mundo, en su material negatividad, enajena la actividad humana, derriba sus instituciones, pone en crisis su pensamiento, limita su libertad o la hace imposible, la especulación filosófica se coloca en la paciente espera de que el ciclo de la negatividad culmine en una afirmación que vuelva a implicar al hombre en la trasformación no sólo política y económica del mundo, sino incluso moral. Parafraseando las palabras de Mefistófeles, del Fausto de Goethe: La historia es ese espíritu que siempre niega. Entre tanto, el propio Fausto deviene en símbolo de la afirmación humana que se produce cuando la negación histórica ha sido a su vez superada.

El viejo espíritu judío, expresado bíblicamente en las ideas de El Antiguo y el Nuevo Testamento, implicó, desde sus orígenes, tanto para el poeta Goethe, como para los pensadores Hegel y Marx, el sempiterno tema de la salvación como salvación en la historia; como salvación individual y colectiva frente a aquello que el propio Hegel llamara “elCalvario de la historia”. Una historia concebida como una gran composición dramática -que se renueva de generación a generacióndonde se escenifican las pasiones y razones de los hombres, y donde nosotros mismos somos, en este momento, sus personajes.

La idea de un mundo mejor es una de las principales formas de que se reviste la racionalidad histórica. Racionalidad que descansa sobre las ruinas mitológicas del paraíso perdido; la arcadia bucólica; el utópos filosófico. Razón que nos conduce a la reminiscencia de una antigua estructura social altamente gratificante, que quizás nunca se produjo como tal en el tiempo de la historia, pero que habita entre nuestros despojos psicológicos, como fundamento originario del pensamiento humano, de su arcano ideal político.

Hegel pidió, frente a la dispersión histórica que padecía la nación alemana, y como razones de peso de su propio espíritu, que el pueblo fuese hijo de la Constitución y el Estado. Pero para ello se remitió al bello ideal griego, aportando la idea del compromiso con el bienestar general, teniendo en cuenta las necesidades tanto individuales como colectivas. Es decir, aceptando el valor socialmente “negativo” de la interioridad psicológica de cada persona y sus opciones específicas. Por tanto, el planteamiento filosófico de Ludwig Feuerbach, de devolver al hombre aquellas nociones transcendentales que, erróneamente, fueron atribuidas a Dios, trae aparejada la tarea de pensar al hombre esencialmente como individuo, como personaje insustituible del drama histórico. Y es que la tarea de la filosofía, para expresarlo en unas pocas palabras, debe estar dirigida al mejoramiento progresivo y delicado del ser humano.

La empresa pedagógica de la filosofía, como la concebían Hegel y los clásicos griegos, debería partir de presupuestos como éstos, ya que la verdad del ser individual es intransferible, aún reconociendo su constante precariedad, su frágil relatividad y su dolorosa finitud… Tal vez por eso mismo.

18
Jul
11

UNA LOCOMOTORA CON DIFICULTADES

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Foto: Alberto Hernández

El turismo podría ser una de las principales locomotoras que arrastre al resto de la economía cubana. Las potencialidades de la isla son sustanciales, gracias a sus bellezas naturales, cultura internacionalmente reconocida, clima agradable durante todo el año, excelente ubicación geográfica y una población amistosa y amable con los extranjeros. Lamentablemente, durante decenios estas ventajas no fueron utilizadas, pues las autoridades siempre han temido el contacto del pueblo con los visitantes y el contagio de las ideas democráticas, contrarias a su dominación absoluta sobre la sociedad.

Tuvo que ocurrir la debacle del llamado socialismo real, a fines de los 80, para que el gobierno se sintiera obligado a aceptar el turismo como una opción económica que diera oxígeno financiero a la casi ahogada economía. Desde entonces, el número de visitantes se ha incrementado año tras año, y según las estadísticas publicadas hubo 2 531 745 llegadas en 2010 para un crecimiento de 4,2% en relación con el año anterior. Sin embargo, hay elementos que indican que la actividad turística tiene serias deficiencias. De hecho, el pasado año las pernoctaciones se mantuvieron prácticamente al mismo nivel que en 2009 para 16 513 548 frente a 16 503 095 el pasado año, lo cual podría denotar que el tiempo de estancia como promedio disminuyó, aunque la explicación a ese estancamiento pudiera consistir en que las estadísticas no contemplaran las pernoctaciones de los visitantes en casas de familiares, en un año de fuerte aumento de las llegadas de cubano-norteamericanos, producto de los pasos flexibilizadores dados por la Administración Obama.

El ingreso bruto generado por el turismo fue de 2 218,4 millones de dólares en 2010, según la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE). Esto arroja un ingreso bruto por visitante de 876 dólares, incluidos los ingresos por transporte internacional. Aunque representa un incremento del 6,5% con respecto a 2009 (857 dólares), continua distante del promedio per cápita del ingreso bruto en el período 2005-2009 que fue de 986 dólares. Desafortunadamente, las estadísticas cubanas no brindan datos del ingreso neto aportado por el turismo. Sin embargo puede estimarse que en un país donde hay que importar prácticamente todo, incluidos artículos antaño tradicionales de producción cubana, como azúcar y café, las utilidades no deben ser considerables e incluso podrían tener una tendencia regresiva a medida en que los visitantes aumenten y continúe estancada la oferta de alimentos e insumos de origen nacional. Tampoco puede soslayarse que simultáneamente hay que hacer importantes desembolsos a los turoperadores y compañías turísticas extranjeras establecidas en el país, lo cual constriñe aún más la baja rentabilidad actual de la actividad.

Además, la eficiencia en la utilización de las capacidades turísticas es relativamente baja y en permanente descenso. La tasa de ocupación media anual de las instalaciones de alojamiento fue de 57,1% en 2010, 2,7% inferior al año precedente. Asimismo, se observa una tendencia continuada al descenso desde 2005, cuando fue de 63,6%.

Este cuadro es lamentable, pues la actividad turística posee una alta dinámica a escala internacional. Si en 1995 se recibieron 528 millones de visitantes en el mundo, en 2010 fueron 935 millones, para una tasa de crecimiento promedio anual de 3,9%, según datos de la Organización Mundial del Turismo. Las perspectivas son todavía más halagüeñas, teniendo en cuenta los avances en las comunicaciones internacionales y el aumento del turismo desde países emergentes, en particular China, convertida ya en la cuarta nación a nivel mundial por los gastos en el exterior por este concepto.

En 2011 se prevé recibir 2,7 millones de visitantes, para un crecimiento del 6,6%. En los primeros 5 meses del año han llegado 1,36 millones. Las posibilidades podrían ser aún mayores, cuando se normalicen las relaciones con Estados Unidos, lo que ocurrirá en algún momento futuro. Las medidas tomadas por la Administración Obama en 2009 para liberalizar los viajes de la comunidad cubana residente en Estados Unidos resultaron en que ya sea la segunda fuente de visitantes después de Canadá. Una 324 000 personas visitaron Cuba en 2010 a través de vuelos directos. De ellos, el 95,0% correspondió a nacidos en la isla o sus descendientes, según la Empresa Marazul, que cubre con vuelos charters la ruta entre ambos países. Todo parece indicar que las visitas se incrementarán notablemente en 2011 por el aumento de la autorización para operar viajes a aeropuertos norteamericanos y para que ciudadanos estadounidenses puedan viajar con objetivos culturales, religiosos y otros. Estimaciones de especialistas indican que si se levantaran totalmente las restricciones, en el primer año viajarían a Cuba cerca de 1, 0 millón de estadounidenses, con altos niveles de gastos por visitante.

El turismo en Cuba podría convertirse en una de las principales locomotoras que arrastre al resto de la economía, convirtiéndose en un factor de progreso y desarrollo, pero son indispensables cambios radicales en el modelo económico, que libere las fuerzas productivas y sirvan de soporte interno al avance de turismo. De mantenerse la situación actual de importación de todas las demandas del turismo, llegará un momento cuando el esquema se haga insostenible e incluso origine pérdidas absolutas a la economía cubana.

La Habana, 11 julio de 2011

Oscar Espinosa Chepe

Economista y periodista independiente




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