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EL RICO Y EL POBRE

Real Life. Foto: Steve Levi

Real Life. Foto: Steve Levi

¿Quién eres tú, amigo mío? ¿Quién soy yo? ¿Somos acaso el producto de un momento de pasión o, por el contrario, entes privilegiados por el hecho de haber nacido? Tú eres rico, yo soy pobre, tú gozas de salud, yo soy un hombre enfermo, tú, que todo lo has tenido, naturalmente, agradeces a tus padres que te trajeron al mundo, el milagro de la vida. Yo, que sólo he vivido en perenne padecer, no puedo decir lo mismo, aunque amo a mis padres, especialmente a mi madre, que ha sido abnegada, amorosa y servicial.

Mi vida ha sido colmada de pobreza y sufrimiento, y sin embargo, no le guardo rencor a mis progenitores y les perdono el haberme condenado al tormento de la vida.

Tú, con tu salud y tus riquezas, un día de profunda depresión (la depresión de tenerlo todo) pensaste en el suicidio, yo, a pesar de mis quebrantos, nunca he considerado ni remotamente, en la posibilidad de quitarme la vida porque sé que debo cumplir la misión de llegar a la meta establecida que se me marcó al nacer.

No me quejo, hoy mi salud ha mejorado y vivo sin riquezas, pero con decoro. No deseo más.

¿Pero tú, será que acaso te hastiaron los excesos? ¿O quizás encuentras que tus riquezas no te dan la felicidad que tanto anhelas y sientes que tu vida es una existencia inútil, hueca y sin sentido? Quizás el remedio a tu mal esté al alcance de tu mano.

¿Has visitado alguna vez un barrio pobre? ¿Has visto los rostros marchitos de personas prematuramente envejecidas porque no tienen ni siquiera lo básico para subsistir? ¿Y los niños sucios? Sí, niños sucios y harapientos, pero no porque no quieran bañarse, sino porque en sus casas ni siquiera tienen servicio de acueducto. esas criaturas, amigo mío, son también seres humanos como tú.

¿Has experimentado la dicha que se experimenta al dar? ¿Cuántas veces le has regalado un juguete a un niño pobre? ¿No lo recuerdas? No, no lo recuerdas porque nunca lo has hecho.

No vuelvas a pensar en el suicidio, querido amigo, mejor ilumina los rostros de personas que el peso de la vida ha marchitado, brindándoles tu mano generosa. Obséquiale un juguete sencillo a un niño pobre que jamás soñó tener, su sonrisa agradecida será tu recompensa. Así tu vida tendrá sentido y enriquecerás tu espiritu.

Es mejor dar que recibir.

José M. Burgos S.
burgos01@bellsouth.net

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