09
Nov
15

Desde Uruguay: “Educación y capital cultural”

En el marco de los festejos por el Día de la Tierra que se celebró el 22 de abril de 2012, el Centro de Documentación de la Embajada de Estados Unidos en Uruguay, junto a la Coordinadora del Programa Globe en Uruguay, Andrea Ventoso, llevaron adelante una actividad de extensión en escuelas públicas de Uruguay. En la imagen Marcela Serra, del Centro de Documentación, lee un libro acerca de los pingüinos a alumnos de 2do. año de la Escuela 309 de Santa Catalina. Foto: Embajada de los Estados Unidos en Uruguay.

Estimados, adjunto mi proyecto “Educación y capital cultural”, que si bien está pensado para trabajarse fundamentalmente en Educación Secundaria, su propuesta (particularmente en las actividades en concreto, que aparecen esbozadas al final del texto, en la pág. 14 en adelante) podría adaptarse a otros niveles educativos, ya sea en instituciones formales o no formales, públicas o privadas, o llevarse adelante en Centros Culturales, grupos de reflexión y producción, espacios y actividades de gestión cultural, etc,etc, en el marco de una fundamentación mayor que tiene que ver con asumir y enfrentar el déficit de capital cultural que estamos vivenciando quienes trabajamos en el área de la docencia y la gestión cultural y que repercute finalmente en todas la zonas culturales de la sociedad. En tal sentido, se plantean –por ejemplos- prácticas dirigidas justamente a enriquecer la reflexión sobre el plano de la cultura, condición previa para que en muchos casos luego se ponga en funcionamiento la necesaria sensibilidad que arrime gente a actividades culturales de toda índole. O sea, no solo generar reflexión, sino, a la par, generar el público subjetivo. Instancias de reflexión que busquen fomentar la inclusión ciudadana a partir de lo cultural, desde un espacio que fomente el incremento del capital cultural de nuestra gente. El rol educativo es central en tal tarea, por eso es que en la dupla educación/cultura nos jugamos buena parte de nuestra suerte como sociedad. Y esa tarea debe llegar a cada barrio de la capital,, a cada pueblito perdido del interior, involucrando la mayor cantidad de personas posibles. Fallará toda política de gestión o proyecto técnico en áreas como la educación y la cultura sino es abordada desde el concepto central que es el del fortalecimiento del capital cultural, abordaje que requiere ir más allá de la mirada meramente economicista o del modismo de la diversidad carente de valoraciones. Una cultura de valores y valores culturales que fortalezcan la idea de convivencia y bien común es la propuesta que debe encabezar una política educativa que logre superar las actuales dificultades (que son globales y suponen el signo de una época). Articularla y ponerla finalmente en juego es el desafío por el que se debemos estar trabajando los educadores y gestores culturales.

Mi idea al socializarlo es encontrar una mayor cantidad de espacios y apoyos para su desarrollo, en la certeza de que puede resultar un aporte positivo, que aunque mueva pequeñas olas, sumadas a otras, pueden ir generando esa marea de cambios que estamos necesitando.
Transcribo las primeras líneas del proyecto, con la esperanza de que resulte de interés y que quienes tengan tiempo y ganas finalmente se arrimen a leerlo, esperando sus comentarios, invitaciones a trabajar juntos, propuestas, contrapropuestas, etc.

“En la medida que todos realizamos (ya sea desde nuestro rol familiar y/o profesional) conscientes o no de ello, una tarea que supone recortar el mundo, tomar posiciones y decisiones que definen los valores culturales deseables de comunicar y hacer visibles en una sociedad, se vuelve central la dimensión ética de la labor cultural.

En tal sentido, el sistema escolar es absolutamente clave, siendo un espacio donde lo cultural -y lo político, en su sentido más amplio- juega un papel central en el proceso social de producción de significaciones. En esta perspectiva, el educador es concebido como un trabajador cultural y la educación como una cultura política, y su tarea supone trabajar en torno a los problemas directamente relacionados con la vida diaria de los sujetos y con su capital cultural.

Y esta tarea debe darse en el devenir de un contexto histórico donde, justamente, a la actual disminución del capital cultural se asocia (como causa y consecuencia a la vez) una modernidad “líquida”, en la cual se han dejado de lado los valores de la modernidad “sólida”, fundada en los viejos pilares de la Ilustración, motivo por el cual se vuelve vital reivindicar la necesidad de pensar, haciéndolo desde la reactivación de los vínculos de cooperación y acción colectiva. En tiempos donde el conocimiento ya no se asocia a la idea de autorrealización ética vinculada al mejoramiento del colectivo, sino que parece estar demasiado atado meramente a los vaivenes del mercado laboral y/o la formación estrictamente técnica, los educadores debemos retomar fuertemente la impronta humanística, centrándonos –entre otros puntos- en la perspectiva aristotélica de “felicidad”, la cual presupone una faceta ética vinculada al conocimiento y se basa en la autorrealización dentro de un colectivo humano, adquiriéndose mediante el ejercicio de la razón que valora.

La educación -inseparable del campo valorativo- tiene por finalidad principal -más allá de otros papeles que le caben- el generar espacios de reflexión y acción, espacios de la sensibilidad, que nos permitan alcanzar la felicidad colectiva, el mejoramiento individual que redunde en el mejoramiento de la “polis”. La gran función de la educación es mejorarnos como sujetos individuales y como especie colectiva. Y, en este sentido, los educadores jugamos un rol transformador en la definición de ese espacio de la cultura y la felicidad.

La educación es una forma de participación social y un espacio vital de formación ciudadana y, por esto mismo, nunca es un espacio políticamente neutral y siempre está en el centro de las tensiones que generan los diferentes intereses que se ciernen sobre ella. Democracia y educación se tornan palabras claves en nuestro contexto histórico-político y urge el pensar la democracia como discusión pública y a las instituciones educativas como parte de esos espacios públicos.

Desde este proyecto, desde su fundamentación y de las actividades que se proponen, se impulsará la tarea ética/política del docente como educador cultural y transformador de su contexto inmediato, en busca de aumentar el capital cultural de los distintos actores que forman parte de su comunidad educativa, en busca de consagrar aquella idea de felicidad colectiva que desde la cuna de nuestra civilización planteaba Aristóteles.

Para ello, es necesario avanzar en la lectura de algunas claves de nuestro tiempo y los desafíos que tiene tal tarea.” (Y hacia allí se dirige luego la escritura del proyecto, paso previo a sus propuestas en concreto)

Abrazos,

Pablo Romero

Baje el Proyecto pochando aquí: Proyecto capital cultural

Escuche la edición de La Tertulia de Estocolmo dedicada a este proyecto ponchando aquí: http://www.ivoox.com/tertulia-estocolmo-7-noviembre-de_md_9308307_wp_1.mp3″ Ir a descargar

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