Archivo para 28 septiembre 2016

28
Sep
16

El filósofo uruguayo Pablo Romero nos habla de educación y sexualidad

yo

Pablo Romero García

Estimados, comparto mis recientes participaciones en radio, tv y prensa escrita, esperando puedan resultarles de interés y habiliten continuar debatiendo sobre los temas propuestos. En tal sentido, los invito a dejar sus comentarios en esta entrada de mi blog: http://pabloromero7.blogspot.com.uy/2016/09/embarazo-adolescente-educacion-publica.html

Comienzo por compartir la charla/entrevista junto a Nacho Álvarez, en su programa “Las cosas en su sitio” (radio Sarandí), donde abordamos el tema educativo y también la cuestión de la “moral sexual pública”, a raíz de su polémico vídeo divulgado en las redes. Lo pueden escuchar en:

En relación al embarazo adolescente, comparto mi participación televisiva en Esta Boca es mía (canal 12), la cual se puede ver en los siguientes links:

https://www.youtube.com/watch?v=XAJtBNKFfMY (primera parte, donde sobre el final se pudo traer a escena al pasar a Foucault y su Historia de la sexualidad)

https://www.youtube.com/watch?v=-KS85qF9JU8 (segunda parte)

Vinculado en buena medida a los puntos abordados en mis intervenciones, va el artículo publicado recientemente en la revista “+psicólog@s”, llevada adelante por la Coordinadora de Psicólogos del Uruguay, titulado “¿Ser o no ser padres? Esa es la cuestión” y que puede leerse en:

http://www.psicologos.org.uy/revistas/285_revista2016_setiembre.pdf (mi artículo se encuentra en la pág. 9, pero es recomendable leer toda la revista, pues ciertamente está muy interesante)

Y respecto de la educación pública, que será el tema del Día del Patrimonio este año, comparto entrevista en el programa “La mañana en camino” (Diamante FM) conducido por Alejandro Camino, donde estuve como invitado junto al amigo y colega chileno Jaime Villanueva, charlando sobre Vaz Ferreira y la educación pública. Lo pueden escuchar en:

Abrazos,
Pablo Romero
<pablorg777@montevideo.com.uy>

20
Sep
16

La ética versátil de la política

Muchos dirigentes políticos se ofenden cuando se sienten criticados por la actividad que han elegido como profesión. Sostienen que la generalización es siempre una injusticia y en eso probablemente tengan un poco de razón.

Algunos personajes de ese ambiente encajan perfectamente en la descripción universal, pero otros intentan salir de la matriz habitual. Pocos lo consiguen pero es cierto que existen unas pocas excepciones a la regla.

El problema de fondo está vinculado a los antecedentes de la clase política. El descrédito no es producto de una campaña de ensañamiento contra los dirigentes, sino de una percepción de la sociedad, siempre subjetiva, que observa múltiples conductas impropias en los líderes convencionales.

Historias de corrupción y despilfarros, de abuso de poder y soberbia, de inadmisibles posturas reiteradas hasta el cansancio, de manipulaciones perversas e intrigas infinitas. La lista de indeseables comportamientos es demasiado extensa y la gente los identifica de este inconfundible modo.

El que está fuera del poder, el opositor de turno, intentará diferenciarse al máximo señalando con dureza a los que gobiernan, mostrándolos como seres maliciosos dignos del más absoluto repudio popular.

Es interesante analizar esto en perspectiva porque un instante de la política contemporánea no alcanza a exhibir con realismo esa dinámica cambiante en la que los actores mutan sus roles y quienes gobiernan dejan el poder en manos de los que hasta hace poco estaban en la vereda de enfrente.

Es allí cuando la moral con mayúsculas entra en escena con contundencia. Se observa claramente como los paradigmas terminan girando, como los valores se deterioran y lo que hasta ayer era cierto, ahora deja de serlo.

Los que eran poderosos y cometieron todo tipo de desmadres ahora pretenden que sus adversarios sean transparentes, inmaculados, que rindan cuentas y cumplimenten todas las normativas, esas mismas que ellos pisotearon vulnerándolas durante años sin descaro, ni pudor alguno.

Los flamantes triunfadores ya no pueden ampararse en sus acostumbradas críticas despiadadas. Ahora les toca ser protagonistas y tomar la iniciativa a diario. Ya no alcanzan los rimbombantes discursos desde la cómoda postura de observadores circunstanciales analizando todo cruelmente, buscando siempre los errores ajenos y siendo punzantes en sus consideraciones.

Es tiempo de realizaciones, de lidiar con la realidad, de hacer lo que prometieron, de tomar determinaciones con coraje superando obstáculos y dejando de lado los inconvenientes que inexorablemente aparecen.

Lo curioso es observar como ese nuevo oficialismo ahora naturaliza lo incorrecto. Lo que antes estaba mal ahora parece estar bien. Lo que en el pasado configuraba un atropello ahora emana del mandato de la sociedad.

Cuando eran minoría, reclamaban respeto por las opiniones ajenas, tildando de antidemocráticos a los que les refregaban los fríos números electorales. Hoy son ellos los que cuentan con ese respaldo y no les parece tan mal ufanarse de ese apoyo coyuntural para avalar cualquiera de sus decisiones.

Hasta hace poco derrochar recursos de los contribuyentes les parecía inapropiado. En el ejercicio de gobernar esos dineros han tomado otra entidad y ahora les parece lógico malgastarlos en cuestiones personales, gestiones privadas y hasta familiares haciendo que lo paguen los ciudadanos, como si de pronto se hubiera convertido en algo legítimo.

Convivir con la ineficacia, la informalidad y el despilfarro ha pasado a ser un hábito y ahora que están en el gobierno, esas cuestiones ya no molestan como antes. Es como si los parámetros hubieran mutado velozmente.

El modo de hacer política sigue siendo muy parecido. Utilizar los recursos del Estado para hacer proselitismo, financiar la acción partidaria desde las arcas públicas es moneda corriente. Sostienen ahora que en el pasado los otros lo hacían y que no existe razón alguna para no continuar con ese esquema. Ese argumento no convierte mágicamente lo inmoral en justo.

Amedrentar adversarios, comprar voluntades con dádivas, hacer favores políticos designando amigos en cargos públicos, obtener dudosos apoyos parlamentarios a cambio de transferencias de recursos para jurisdicciones de otro signo político, siguen siendo parte del patético paisaje.

Es importante comprender que la moralidad de las decisiones no se debe medir según el lado del mostrador en el que se está operando. Esa circunstancia no lo describe. En todo caso justamente son sus actitudes cuando detenta el poder las que mejor explican su verdadera naturaleza.

Por mucho que se molesten algunos dirigentes y también sus partidarios, no alcanza con hacer ciertas cosas bien. No tiene que ver con la eficacia de la gestión y sus eventuales resultados efectivos. La integridad de un líder político no depende ni del éxito, ni del fracaso de sus políticas públicas.

Si realmente se quiere jerarquizar la actividad política es tiempo de que los que la ejercen muestren señales inconfundibles con sus comportamientos cotidianos. Si quieren ser respetados tendrán que hacer un esfuerzo mayor y proceder en consecuencia priorizando los valores apropiados.

Hasta ahora, lo que se logra identificar fácilmente es una sinuosa actitud, una zigzagueante conducta, una cuestionable impronta que confirma un rumbo con una larga y deplorable tradición, cuya característica principal sigue siendo la ética versátil de la política.

Alberto Medina Méndez

albertomedinamendez@gmail.com

skype: amedinamendez

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12
Sep
16

Un pacto social genuino


El Pacto . Foto: Raúl García Peñalver

Desde hace unas cuantas décadas esta idea de un “pacto social” merodea la política. Los que la mencionan imaginan, en realidad, un gran acuerdo de corporaciones que bajo un perverso sistema de representatividad lograría que todos estuvieran satisfechos, fundamentalmente en materia económica.

Quienes deliran con este tipo de ensayos sociológicos tienen una mirada fascista porque asumen con absoluta irresponsabilidad que la sociedad se puede clasificar en grupos de intereses homogéneos y que entonces todo se puede resolverse mediante una simple negociación.

Ese patético modo de ejercer la política, que lamentablemente cuenta con muchos adeptos, supone que participarán de esa mesa los trabajadores a través de los sindicatos, las organizaciones de empresarios y obviamente el gobierno, con todos sus estamentos, agregando también a las instituciones religiosas y sociales, y adicionalmente a las provincias y a los municipios.

Vaya coincidencia. Todos los sectores que auspician este tipo de alquimias se sienten automáticamente convocados a ese gran desafió, y obviamente esperan ser protagonistas de esa vital instancia, asumiendo que disponen de muchos méritos para ocupar ese sitial y tomar decisiones por los demás.
Por políticamente incorrecto que resulte, hay que decir que esta forma de concebir la vida en comunidad, legitimando las decisiones de las cúpulas de una cofradía es eminentemente impráctica y profundamente inmoral.

Los sindicatos no defienden los intereses de todos los trabajadores, sino solo a los de sus agremiados. Aun en el caso de las centrales sindicales, que agrupan a muchos sectores del trabajo, su heterogeneidad geográfica y laboral, les impide sintetizar la totalidad de las voluntades.

Por poderoso que parezca un gremio, lo cierto es que muchos trabajadores no están afiliados, algunos por una voluntad explícita de no querer ser de la partida y otros porque ni siquiera tienen un empleo registrado y por lo tanto no se rigen por las reglas de los convenios colectivos.

En el empresariado sucede algo bastante similar. Por trascendente que resulte una entidad, la misma solo abarca a una fracción de la actividad emprendedora. Las organizaciones de los industriales, productores primarios y también de servicios estarán incluidas, pero no existe institución alguna que pueda contener efectivamente a todos los actores.

Ese tan mentado “pacto social”, no es ni más ni menos que una simplificación que no encaja en la realidad. No existe mecanismo alguno que permita resumir tantas ideas de la sociedad bajo un formato sectorial.

Cada una de estas corporaciones, intentará tironear para su lado, protegiendo sus inquietudes, inclinando la balanza según su conveniencia y asumiendo una dinámica peligrosa que induce a repartir tajadas de una torta fija, en vez de pensar en como hacerla crecer para que todos ganen.

La lógica de quienes estimulan este tipo de intrincados contratos sociales, es que los personajes se repartirán el botín, todos estarán conformes con lo logrado y por esa razón cumplirán con lo prometido.

La ingenuidad de los intelectuales que pergeñan estos engendros es que los sindicatos conseguirán mejoras y no reclamaran nada por algún tiempo. Los empresarios establecerán precios moderados y producirán más a cambio de pautas salariales sensatas mientras el gobierno no les aumente impuestos y mantenga aranceles impidiendo el ingreso de competidores externos.

En ese contexto todos actuarán buscando sacar partido de ese esquema, pero existe una imperdonable omisión que deja afuera a los ciudadanos que no participan al no disponer de una institución seria que los defienda.
Alguien dirá que los políticos deben interpretar a la gente. Pues no parece necesario ahondar demasiado en esta cuestión aportando argumentos adicionales para demostrar que esto no se verifica en el presente.

Los que defienden la idea de este tipo de componenda tienen una concepción fascista de la política. Para ellos la gente gobierna a través de las corporaciones de la que forman parte en un sistema indirecto de castas.

Muchos han demonizado al mercado. No lo han hecho inocentemente. Detestan la presencia de múltiples decisores, aman la utopía de las certezas y odian la incertidumbre que emana de las decisiones individuales.

Es cierto que algunos le tienen una fobia ideológica al mercado. Su sola mención los crispa y les genera un espontaneo e instintivo rechazo. Pero otros solo no logran comprender como funciona a diario ese complejo mundo en el que cada individuo vota con sus determinaciones personales.

El único gran pacto eficiente, sustentable y factible al que puede aspirar una sociedad es el que nace de la combinación pacífica de esas decisiones individuales en el que se conjugan las siempre cambiantes preferencias de cada persona defendiendo sus propias e intransferibles percepciones.

Es probable que algún distraído pueda seguir soñando con lo improbable y sostenga que los sindicatos, el gobierno, los credos, y el empresariado pueden lograr un acuerdo que represente a todos los ciudadanos.

Los que conforman esos grupos de presión saben que eso no es cierto, pero están dispuestos a aprovechar esta infantil perspectiva para sacar el máximo provecho sectorial posible gracias al poder que provee esa visión.

Los hechos no se modifican por mero voluntarismo y las variables económicas no obedecen a las negociaciones espurias. Ignorar a la gente solo consigue esconder los problemas, postergarlos, pero jamás logra resolverlos. Si eso fuera posible ya habría ocurrido hace tiempo y la historia reciente dice exactamente lo contrario. Por mucho que moleste a tantos el mercado sigue siendo el único modo de lograr un pacto social genuino.

Alberto Medina Méndez

albertomedinamendez@gmail.com

skype: amedinamendez

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07
Sep
16

Hacer política para cambiar la realidad


Foto: Claudia Midori

A cualquier dirigente del presente se le interpela con el mismo interrogante. La pregunta recurrente intenta averiguar acerca de las profundas motivaciones que lo llevaron a ingresar al árido mundo de la acción política.

La respuesta aparece casi instantáneamente, como un latiguillo, que pretende ser ampuloso y grandilocuente, pero que no puede evitar caer en la obviedad, por su excesiva vulgaridad y lo predecible de su contenido.

El personaje en cuestión comparte con franqueza sus sensaciones e irremediablemente repite aquello de que la razón primordial que lo lleva a incursionar en política es cambiar la realidad, redoblando luego la apuesta, cuando confirma que ese es el único modo de transformar el presente.

Es fácil coincidir con esa vaga percepción, tan difusa como general. Lo difícil es creer que este nuevo protagonista de esa fauna tan particular pueda finalmente conseguir algo diferente a todo lo ya conocido, torciendo el descredito que ha logrado acumular a lo largo de décadas, esa actividad.

La historia muestra demasiadas evidencias acerca del modo en que se licúa esa energía inicial y como ese cándido ciudadano se va desmoronando, se desdibuja, hasta mimetizarse totalmente con el resto de sus “colegas”.

La meta de hacer algo virtualmente novedoso, de meterse en el fango de la política para hacer todo de un modo singular, de embarrarse hasta el cuello para ser parte del loable proceso de cambio y comprometerse con lo cotidiano, parece algo muy provocador y tremendamente inspirador.

No existen motivos suficientes para endilgarle al nuevo habitante de este mundillo responsabilidades sobre lo ocurrido en el pasado, ni tampoco es justo suponer que repetirá sistemáticamente las patéticas historias de sus antecesores. No deberían pesar sobre él esos errores y tendría entonces que disponer de la oportunidad de intentar construir su propia leyenda.

Sin embargo, es pertinente recordar que muchos iniciaron este recorrido con idéntico entusiasmo y una férrea convicción acerca de lo que pretendían concretar desde la arena política. No querían ser iguales y aspiraban a ser mejores. Se perjuraron no hacer lo impropio y se mostraron muy dispuestos a revertir esa providencial inercia que le planteaba el pasado inmediato.

Es imposible dudar sobre ello. Seguramente esas encomiables intenciones son parte de la nómina de ingredientes que motivaron esa decisión de vida tan relevante. El desafío es, en todo caso, sostener esa claridad conceptual, sin dobleces sin perder el norte en el devenir de ese sendero.

Existe una distancia considerable entre lo que se imagina aquel dirigente sobre ese espacio tan peculiar y lo que finalmente encuentra en él. Su inexperiencia puede llevarlo a tropezar muchas veces, pero eso es parte natural de cualquier proceso de aprendizaje, en casi cualquier ámbito.

Lo que indudablemente es un gran reto es perseverar defendiendo los principios, mantener intacta la llama que sirve de guía, recordar siempre las razones esenciales que llevaron a tomar semejante determinación y que movilizaron al punto de generar esas incontenibles ansias de hacer política.

La crónica contemporánea recuerda con crueldad que el tiempo finalmente juega en contra. Que a medida que se gana en despliegue, se pierden valores, que al avanzar en este perverso juego, quedan en el camino muchos buenos anhelos y desaparece paulatinamente el coraje original.

Muchas veces los políticos intentan justificar sus decisiones aseverando que hacen lo que pueden y no lo que quieren, que todo culmina en el “arte de lo posible” y no precisamente en hacer lo necesario en cada circunstancia.

No se trata de ser intransigente y creer en falsos purismos. La tarea pasa, en todo caso, por avanzar con pasos firmes y perseverantes, por negociar articulando con otros actores, pero siempre en una dirección concreta, con metas claras y con hitos intermedios que siempre se encaminen al objetivo.

Es imprescindible, en ese contexto, que el sujeto revise sus visiones. Si se ha ingresado a la política para cambiar la realidad y se presentan oportunidades, no parece admisible postergar lo correcto y continuar con lo indebido. Cabe, en ese momento, cuestionarse con vehemencia acerca de los verdaderos motivos que lo impulsaron a participar en la política.

Tal vez la razón no haya tenido que ver con el deseo de modificar el presente, sino en todo caso con la ambición de acceder al poder, de sentirse importante y liderar, de mandar y dar órdenes, de ser un personaje público y famoso, de alcanzar reconocimiento y disfrutar del prestigio.

Claro que la política puede ofrecer mucho de eso. Es posible que muchos se muestren entusiasmados con lograr tantos tentadores objetivos personales. Pero sería muy saludable explicitarlo, empezar por no engañarse a sí mismos y evitar estafar a la ciudadanía, diciendo una cosa por otra.

Lamentablemente muchos llegan a la política con un discurso moralmente correcto y recitan sus buenos propósitos consiguiendo a su paso el ensordecedor aplauso de sus afectos que lo estimulan a lanzarse al ruedo.

Hacer política es necesario. Alguien tiene que tomar esa posta. Los más aptos, los que tienen el deseo pero también los talentos para lograrlo deben emprender ese recorrido. Pero es vital comprender que para encarar este proceso se debe dimensionar la trascendencia de intentar modificar rumbos.

No se necesitan nuevos políticos para seguir haciendo lo mismo, ni para conservar todo lo malo. Se precisan nuevas mentes, estilos diferentes e ideas superadoras. El entorno evoluciona y necesita entonces de una dinámica ágil y capaz de interpretar esas eventuales mutaciones.

Más allá de la retórica estéril y vacía, es esencial darle un sentido a la actividad política. Ingresar a ella para convertirla en una profesión muy rentable o para satisfacer los más bajos instintos que vienen de la mano del poder, no parece algo de lo que se pueda estar orgulloso.

Si la idea es trascender, pasar a la historia por lo realizado, ser útil a las futuras generaciones, pues entonces adelante, pero siempre con la convicción de que se ha decidido ser parte de eso no para que todo siga igual sino para patear el tablero. Si no se tiene el valor para intentarlo, si se carece de la determinación suficiente, no vale la pena seguir repitiendo aquello de que se ha decidido hacer política para cambiar la realidad.

Alberto Medina Méndez

albertomedinamendez@gmail.com

skype: amedinamendez

http://www.existeotrocamino.com

+54 9 379 4602694

Facebook: http://www.facebook.com/albertoemilianomedinamendez

Twitter: @amedinamendez

01
Sep
16

SIN ENGAÑAR A LOS NIÑOS, DEBEMOS SER CONCRETOS CON ELLOS, SON TAN INTELIGENTES COMO CUALQUIER ADULTO

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María Elena Ortega, egresada de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), es autora del cuento para niños “¿Y dónde están los calcetines?”, publicado por Editorial Elementum. En este cuento cuatro calcetines resuelven ser desechados gracias a la ayuda de un líder que les muestra que se pueden romper los caminos establecidos.“Escribir cuentos para niños no es tarea fácil, hay que captar su atención, no se les puede engañar, hay que ser concretos con ellos, son tan inteligentes como cualquier adulto”, expresó María Elena Ortega.

 


* María Elena Ortega creó “¿Y dónde están los calcetines?”, cuento de reflexión que enseña a los niños a romper paradigmas y crear un mundo de posibilidades


Pachuca de Soto, Hgo., a 31 de agosto de 2016


María Elena Ortega, licenciada en Educación Preescolar y con estudios en derecho por parte de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), es autora del cuento para niños “¿Y dónde están los calcetines?”, publicado por Editorial Elementum; ella, junto con la Ilustradora Brenda Zavala, diseñadora Gráfica e ilustradora, convivieron y presentaron el libro con el público infantil en el Salón de Libros para niños de la Feria Universitaria del Libro (FUL 2016) de la UAEH.

En dicho evento ambas pudieron empaparse de las reflexiones y preguntas que los pequeños hicieron a ambas artistas sobre los cuatro personajes principales que son Nicky, don Eli, Sanchito y El Toc, quienes tienen una personalidad dramática bien definida. Y es que el formato que eligieron para el libro permite a los pequeños en las tres últimas hojas, hacer una interpretación de la historia y no quedarse sólo con la versión que se les propone en el cuento.

La narradora, atenta a los niños, resaltó lo sorprendente e interesante que le resulta la interacción con el ellos ya que se nutre y sorprende de la capacidad que tienen para apropiarse la historia y dar su visión, ya que para la escritora lo más importante del cuento a la hora de realizarlo fue la historia, el argumento y los detalles. Buscó presentar personajes que tuvieran un carácter y personalidad atractiva, con detalle de color y del tono de sus voces.

Pero por sobre todo buscó hacerlos ver que hay distintas formas de desarrollarse y rehabilitarse, de que son capaces de transformar las cosas y que no hay que frustrarse y caer en un estado de conformismo y queja de las situaciones que se pueden presentar en la vida.

Para María Elena los niños son seres sumamente inteligentes y un público bastante difícil. Su trayectoria como educadora le permitió desarrollar un texto que los atrajera y lograra provocarles la reflexión sobre las los acontecimientos que en el libro se presentan.

“Escribir cuentos para niños no es tarea fácil, hay que captar su atención, no se les puede engañar, hay que ser concretos con ellos, son tan inteligentes como cualquier adulto”, expresó la escritora.

En este cuento en el que cuatro calcetines resuelven ser desechados gracias a la ayuda de un líder que les muestra que se pueden romper los caminos establecidos, María Elena no sólo ha encontrado las propuestas de los pequeños, sino también el fondo e interpretación de los adultos que aseguran que el relato habla de la soledad, del maltrato a las personas o bullying.

MIHL

 


PROGRAMA DE ACTIVIDADES FUL 2016 – EDICIÓN 29

Mayor información en:

Portal de la FUL
http://www.uaeh.edu.mx/ful/2016/

FanPage
https://www.facebook.com/Feria-Universitaria-del-Libro-737733229669184/?fref=ts

 

 

 

 

 

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NOTA: SE AUTORIZA SU LIBRE REPRODUCCIÓN

CONTACTO: Entrevistas y mayor información

Renato Consuegra
Difunet (difunet@gmail.com)
04455-3578-0345;
5521-4229




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