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Dic
19

EL AFEMINADO

Resultado de imagen de Por Guy de Maupassant

Cuántas veces oímos decir: “Es encantador este hombre, pero es una mujer,
una mujer auténtica”.

Vamos a hablar del afeminado, la peste de nuestro país.

Ya que nosotros, en Francia, somos todos afeminados, es decir, cambiantes,
o extravagantes, inocentemente pérfidos, sin orden en las convicciones
o la voluntad, violentos y débiles como las mujeres.

Pero el más irritante de los afeminados es seguramente el Parisino y
de los bulevares, en el que las apariencias de inteligencia son más acusadas
y que reúne en sí mismo, exageradas por su temperamento de hombre,
toda las seducciones y todos los defectos de las encantadoras mujerzuelas.

Nuestra Cámara de Diputados está poblada de afeminados. Ellos forman
el gran partido de los oportunistas amables que podríamos
llamar los “hipnotizadores”. Estos son los que gobiernan con palabras
dulces y promesas engañosas, que saben dar la mano de forma que se creen
lazos de afecto, decir “querido amigo” de una manera delicada a las personas
que menos conocen, cambiar de opinión sin ni siquiera sospecharlo, exaltarse
ante cualquier idea nueva, ser sincero en sus variables creencias, dejarse
engañar de la misma forma que ellos engañan, no recordar al día siguiente
lo que dijeron la víspera.

Los periódicos están llenos de afeminados. Tal vez sea aquí donde más
encontramos, pero es también aquí donde son más necesarios. Hay que
exceptuar algunas voces como “Los Debates” o “La Gaceta de Francia”.

Evidentemente, todo buen periodista debe ser un poco mujer, es decir,
estar a las órdenes del público, servil, sirviendo inconscientemente los
derroteros de la corriente de opinión pública, voluble y versátil, escéptico
y crédulo, malvado y servicial, bromista y experimentado, entusiasta
e irónico y siempre convencido sin creer en nada.

Los extranjeros, nuestros antimodelos como decía la Sra. Abel, los tenaces
ingleses y los pesados alemanes, nos consideraron y considerarán hasta
el final de los siglos, con un cierto asombro mezclado de desprecio.
Nos ven superficiales. No es eso, nosotros lo que somos es mujeres.
He aquí el por qué de que se nos ame a pesar de nuestros defectos,
que regresen a nosotros a pesar de todo lo malo que de nosotros
se dice; son discusiones amorosas…!

El afeminado, tal y como lo encontramos por el mundo, es tan encantador
que os engancha en una charla de cinco minutos. Su sonrisa parece
hecha para vosotros; no podemos pensar que no haya en su voz
entonaciones particularmente amables en honor a vosotros. Cuando
nos abandona, tenemos la sensación de conocerle desde hace veinte años.
Estamos totalmente dispuestos a prestarle dinero,
si nos lo pide. Nos ha seducido como una mujer.

Si tiene modales dudosos, no se le puede guardar rencor, ¡tan gentil como
es él cuando volvemos a verle! ¿Que se disculpa? ¡Nos entran ganas de
pedirle perdón! ¿Que miente? No podemos creerle! ¿Que os engaña
indefinidamente con promesas siempre falsas? Le sabemos tan convencido
de sus propias promesas como si hubiera removido el mundo para haceros
un favor.

Cuando admira algo, se emociona con expresiones tan sentidas que os
mete en el alma sus convicciones. Ha adorado a Victor Hugo y hoy día
lo trata de beodo. Se hubiera batido en duelo por Zola y lo abandona
por Barbey d´Aurevilly. Y cuando admira, no admite restricciones de
ningún tipo; os abofetearía por una palabra; pero cuando se pone
a despreciar no conoce límites en su desdén y no acepta protesta alguna.

Si tiene modales dudosos, no se le puede guardar rencor, ¡tan gentil como
es él cuando volvemos a verle! ¿Que se disculpa? ¡Nos entran ganas de pedirle
perdón! ¿Que miente? No podemos creerle! ¿Que os engaña indefinidame
promesas como si hubiera removido el mundo para haceros un favor.

Cuando admira algo, se emociona con expresiones tan sentidas que os mete
en el alma sus convicciones. Ha adorado a Victor Hugo y hoy día lo trata
de beodo. Se hubiera batido en duelo por Zola y lo abandona por
Barbey d´Aurevilly. Y cuando admira, no admite restricciones de ningún
tipo; os abofetearía por una palabra; pero cuando se pone a despreciar no
conoce límites en su desdén y no acepta protesta alguna.

En suma, no comprende nada.

Escuchen charlar a dos mujeres:

-“Entonces, ¿estás enfadada con Julia? Yo te creo, yo la abofeteé.

-¿Qué te había hecho?

-Le había dicho a Paulina que yo estaba en la miseria trece meses de cada
doce. Y Paulina se lo dijo a su vez a Gontran. ¿Entiendes?

-¿Vivíais juntas en la calle Clauzel?

-Hemos vivido juntas durante cuatro años en la calle Bréda; después nos
enfadamos por un par de medias, que ella pretendía que yo había puesto,
-no era verdad-, unas medias de seda que ella había comprado a la madre
Martin. Entonces le largué un guantazo. Y me abandonó así. La reencontré
casucha dos veces más grande.”

No escuchamos el resto, pasamos.

Pero como íbamos el domingo siguiente a Saint-Germain, dos jovencitas
subieron en el mismo vagón. Reconocimos a una de ellas enseguida, la
enemiga de Julia. La otra…? ¡¡Es Julia!!!

Y se hacían carantoñas, caricias, proyectos.

“-Dime, Julia.

-Escucha, Julia etc.”

 

El afeminado tiene amistades de esta naturaleza. Durante tres meses
no puede dejar a su viejo Jacques, su querido Jacques. No existe
nadie más que Jacques en el mundo. Solo él tiene ingenio, sensatez, talento.
Solo él es alguien en Paris. Se les encuentra por todas partes juntos, cenan
juntos, van juntos por las calles, y cada tarde se acompañan diez veces de
la puerta de uno a la de otro sin decidirse a separarse.

Tres meses más tarde, si se habla de Jacques:

“Ya está ese crápula, ese vago, bribón. He aprendido a conocerlo, vamos.
Ni siquiera honesto, y mal educado, etc., etc.”

De nuevo tres meses después, y viven juntos; pero una mañana sabemos
que se han batido en duelo y después abrazado, llorando, sobre el campo.

Ellos son, conviviendo, los mejores amigos del mundo, enfadados hasta la
muerte la mitad del año, calumniándose y queriéndose a ratos, intensamente,
apretándose las manos hasta romperse los huesos y listos para partirse el vientre
por una palabra mal entendida.

Ya que las relaciones de los afeminados son inciertas, su humor sufre
altibajos, su exaltación nos sorprende, su ternura va y viene, su
entusiasmo se eclipsa. Un día, os quieren, al día siguiente os miran con
pena, porque tienen, en suma, una naturaleza femenina, una seducción
femenina, un temperamento femenino; y todos sus sentimientos se parecen
al amor femenino.

Ellos tratan a sus amigos como las mujerzuelas a sus perritos.

Ese perrito adorado que abrazamos infinitamente, que alimentamos con
azúcar, que acostamos sobre la almohada de la cama, pero que arrojaremos
enseguida por la ventana en un movimiento de impaciencia, que hacemos
girar como una honda sujetándolo por la cola, que apretamos con los brazos
hasta estrangularlo y que zambullimos, sin razón, en un cubo de agua fría.

Por eso qué extraño espectáculo la ternura de una verdadera mujer y la de
un afeminado!

Él le pega y ella le araña, se detestan, no pueden verse y no pueden
dejarse, enganchados el uno al otro por no se sabe qué lazos misteriosos
del corazón. Ella le engaña y él lo sabe, solloza y perdona.

El acepta la cama que paga otro y se cree, de buena fe, irreprochable.
El la desprecia y la adora sin distinguir que ella tendría el derecho de
devolverle su desprecio. Sufren los dos atrozmente el uno por el otro sin
poder desunirse; se lanzan de la mañana a la noche a la cabeza cantida
en exceso, vibrantes de rabia y de odio, caen en los brazos el uno del otro
y se abrazan perdidamente, enredando sus bocas temblorosas y sus almas
de mujerzuelas.

El afeminado es valiente y cobarde al mismo tiempo; tiene, más que
cualquier otro, el sentimiento exaltado del honor, pero le falta el sentido
de la simple honestidad, y, si las circunstancias ayudan, tendrá flaquezas
y cometerá infamias de las que no se dará cuenta alguna; ya que él
obedece, sin discernimiento, a las oscilaciones de su pensamiento
siempre arrastrado.

Engañar a un proveedor le parecerá cosa permisible y casi impuesta.
Para él, no pagar sus deudas es honorable, a menos que sean de juego,
es decir, un poco sospechosas; timará en ciertas condiciones que la ley del
mundo admite; si se encuentra escaso de dinero, pedirá prestado por todos
los medios no teniendo escrúpulos por jugar un poco con los prestamistas;
pero mataría de un sablazo, con una indignación sincera, al hombre que
pusiera en duda solamente su falta de delicadeza.

Por Guy de Maupassant (1883)


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