Archivo para 24 mayo 2016

24
May
16

Los aplazos y el pensamiento mágico

 

 

El renovado debate sobre si un niño puede recibir bajas calificaciones durante su vida escolar, permite analizar interesantes aristas del presente y conocer un poco más acerca de cómo razona esta sociedad contemporánea.

El controvertido tema de los “aplazos” puede ser abordado desde una perspectiva eminentemente educativa, con una mirada sesgada hacia lo pedagógico y hasta deteniéndose en aspectos psicológicos de la infancia.

Tal vez este polémico asunto sirva, al menos, de trampolín para comprender porque la gente analiza su realidad con ese prisma decidiendo de un modo incoherente con las consiguientes consecuencias nefastas.

Desde un punto de vista normativo se puede decidir casi cualquier cosa. Hace algún tiempo, cuando se eliminaron las notas bajas, los argumentos se centraron en destacar el impacto perjudicial que las mismas producían en la autoestima de los niños y sus irreversibles repercusiones en su futuro.

Todo tipo de ardides se aplicaron bajo ese esquema. Se reemplazó el régimen vigente por uno con letras, mas acotado en escalas, para que las diferencias entre los puntajes asignados fueran menos perceptibles. El sistema numérico fue duramente criticado por su crueldad y se optó entonces por quitar la chance de que un alumno obtuviera notas de 0 a 3, iniciando la serie de posibilidades recién desde 4 en adelante.

Más allá de las cuestiones rigurosamente técnicas vinculadas al ámbito de lo educativo, lo que queda en evidencia es que toda la tecnología, la astucia y la picardía parecen estar al servicio de ocultar la verdad con maquillaje.

Se pueden calificar a los alumnos con letras, con números, impedir ciertas notas, sugerir a los docentes que sean más piadosos, prohibir la repitencia, disponer que se pase de año sin merito alguno y hasta egresar sin esfuerzo.

Nada de eso convierte a una persona sin conocimientos en alguien preparado para enfrentar la vida, ni tampoco logra que el que no se empeña sienta que vale la pena intentarlo porque intuye que al final todo da lo mismo.

Los que están realmente convencidos de que es bueno hacer un poco más, estudiar y tratar de alcanzar lo más alto, a veces creen que el sistema no los premia y los coloca en el mismo lugar que a todos los demás. Por lo tanto perciben, con razón, que tiene poco sentido desvelarse para mejorar.

Los que no quieren estigmatizar a los que fracasan, terminan creyendo que ellos no son los verdaderos responsables de lo que les ocurre, sino que son meras víctimas de extrañas y perversas fuerzas del mal, sin comprender que los únicos que pueden lograr que todo cambie son justamente ellos mismos, porque son los únicos protagonistas de su propio destino.

Nivelar para abajo parece ser la solución de muchos. A los mejores hay que limarlos, impedirles que crezcan. Sus éxitos están siempre mal vistos porque ponen en situación de debilidad al resto, atemorizándolos.

Esta visión de la vida en comunidad, donde la igualdad es un valor mal entendido, se aplica a casi todos los asuntos cotidianos. Tal vez por esta misma razón se intimida a los ricos, se ignora a los talentosos y se termina endiosando a los perdedores, convirtiéndolos en victimas en vez de estimularlos a que salgan rápidamente de esa lamentable situación.

Tapar la realidad no parece ser una excelente idea. Modificar sistemas para que los que no se destacan pasen totalmente desapercibidos genera un daño enorme para todos, incluso para ellos mismos.

Es evidente que algunos individuos se esmeran y otros no. Es una elección individual absolutamente respetable. Enmascarar los hechos con recursos retorcidos no cambiará esa realidad. Esconder el termómetro jamás logra camuflar la fiebre, ni tampoco alterar mediciones consigue que quien padece una enfermedad sea una persona sana por arte de magia.

Los indicadores son eso, un parámetro, un dato, algo que permite tomar determinaciones. Cuando alguien sufre un problema de salud, lo primero que intenta es obtener un diagnóstico certero, sin mentirse a sí mismo, buscando la verdad, para desde allí, iniciar un recorrido que le permita definitivamente curarse. Es increíble que esa lógica individual no pueda asumirse de idéntico modo cuando se analizan fenómenos más mundanos.

La discusión sobre los aplazos es solo un síntoma más de la insensatez imperante. Se insistirá en cuestionar las calificaciones de los alumnos buscando impedir que los de peor desempeño sean visibilizados, para evitarles frustraciones, sin asimilar que la vida es un camino repleto de aciertos y tropiezos, que nada es lineal. Pero sin información concreta todo se hace mucho más difícil. Un número no dice demasiado sobre una persona, pero puede ayudarla a levantarse y superarse.

Si la inmensa potencia que se ha puesto para disfrazar la realidad se invirtiera en sobreponerse a los inconvenientes, seguramente todo sería más provechoso. No se conseguirá jamás el progreso poniéndole techo a la evolución de los mejores. Por el contrario, eso solo se logra cuando los que tienen un menor rendimiento dan el salto, salen de ese estándar inferior y avanzan hacia el anhelado siguiente escalón.

La gran tarea pasa por depositar el máximo de energías en lograr que todos puedan desarrollarse. El ingenio debe estar enfocado en cooperar con el porvenir y no en entorpecérselo a algunos para que el resto no se sienta acobardado e impacte negativamente en su propia consideración.

Nadie crece engañándose a sí mismo. Nadie evoluciona falsificando la realidad. Todos tienen habilidades. Por lo tanto, la labor consiste en descubrirlas a tiempo y son los indicadores los que ayudan a detectarlo pronto para poder encauzar la fuerza hacia donde realmente se justifica y de esa forma, conseguir que cada ciudadano pueda finalmente realizarse.

Alberto Medina Méndez

albertomedinamendez@gmail.com

skype: amedinamendez

http://www.existeotrocamino.com

+54 9 379 4602694

Facebook: http://www.facebook.com/albertoemilianomedinamendez

Twitter: @amedinamendez

20
May
16

PARA UNA VISIÓN PROSPECTIVA DE LA ACTUALIDAD VENEZOLANA


Foto: Alan Levine, Mayo 2016

 

84º Mensaje histórico.

Germán Carrera Damas
Escuela de Historia
Facultad de Humanidades
Y Educación. U.C.V.

Nota: Consciente de los muy difíciles momentos
que vive la sociedad republicana, y con la
esperanza de contribuir a su mejor comprensión
y manejo, ofrezco un sumario enfoque histórico
prospectivo de la situación que habremos de
superar, en correspondencia con nuestra
comprobada determinación democrática.

Creo razonable comenzar formulando el siguiente diagnóstico prospectivo: la sociedad republicana venezolana vive actualmente la crisis histórica inherente al proceso de instauración del Poder civil.
Este diagnóstico resulta de una prolongada operación, metódicamente realizada, en la cual se han conjugado el celo de la conciencia histórica y la valoración crítica de la información, tanto vivencial como referencial. Lo propongo como una contribución a la necesaria labor de afinamiento de criterios potencialmente orientadores de la acción social dirigida a reanudar la edificación institucional de la sociedad republicana venezolana.
Cabe distinguir tres etapas conformantes de tal crisis, consecuencias de la traumática instauración del Poder militar, determinada por las calamitosas circunstancias en las cuales se procedió a la constitución, en 1830, del Estado de Venezuela, separatista de la República de Colombia. Esas etapas las denomino: I.- La crisis de instauración, primera y primaria, del Poder civil; II.- La edificación del régimen sociopolítico liberal democrático y III.- La crisis de desarrollo del régimen sociopolítico liberal democrático en el marco de la definitiva institucionalización del Poder civil.

I.- La crisis de instauración, primera y primaria, del Poder civil. Se anunció hacia 1840, auspiciada por los mismos próceres civiles que habían patrocinado, como medida precautelar, la instauración del Poder militar; atendiendo a dos graves circunstancias manifiestas y a un tácito aunque bien fundado temor. Las circunstancias fueron nada desdeñables. En el escenario político internacional, el temor a un intento de reconstitución violenta de la República de Colombia,- que se materializó, en 1835, con ocasión de la denominada Revolución de las reformas-; y la no desdeñable posibilidad de ser Venezuela la antesala de una eventual reconquista imperial,- repetición de la realizada en 1815. Mientras que en el escenario local se vivía la grave perturbación de la estructura de poder interna de la sociedad, -resultante de la violenta substitución del régimen sociopolítico monárquico colonial-, y se cernía la amenaza representada por las aspiraciones compensatorias de quienes habían combatido con las armas. Ante semejantes amenazas, los próceres civiles que fraguaron y promovieron la demolición de la República de Colombia recurrieron, legitimándolo, al Poder militar establecido, representando, no cabe ignorarlo, por fuerzas del ejército… de tal República destacadas en su Departamento de Venezuela.
Esos mismo próceres civiles, al cabo de una década de así ejercicio tutelado del Poder público, consideraron que ya la evolución de la situación social, nacional e internacional, hacían prescindible la tutela militar; e intentaron, mediando argumentadas consideraciones sistematizadas por Antonio Guzmán Blanco, asumir directamente ese Poder. Pretensión que avivó las secuelas de las guerras de independencia denominadas las guerras civiles, – para no contaminar las de naturaleza semejante consagradas como de independencia-, coronadas por la bautizada Guerra larga o federal.
En el curso de esta confrontación ocurrió una suerte de irrupción perturbadora: fue promulgado, en el 18 de agosto de 1863, por el General Juan Crisóstomo Falcón, el Decreto de Garantías, cuyo considerando único reza: “Que triunfante la revolución deben elevarse a canon los principios democráticos proclamados por ella y conquistados por la civilización, a fin de que los venezolanos entren en el pleno goce de sus derechos políticos e individuales”. Lo así planteado significaba la actualización del cambio representado hasta entonces por la búsqueda de un procedimiento idóneo para reemplazar el ordenamiento sociopolítico monárquico absoluto colonial, -si bien éste lidiaba con la aspiración de volverlo constitucional desde 1812-, por el ordenamiento sociopolítico republicano autocrático.
Como se corresponde con la dinámica del cambio histórico, al así planteado le siguió la acentuación del régimen sociopolítico liberal autocrático, aunque revestido exitosamente de un ropaje civilizatorio, que culminó, en la coyuntura de los siglos XIX y XX, con la degradación de esa que he denominado La República liberal autocrática, en su fase que he denominado La dictadura liberal regionalista; vigente, con variantes, producto de su condicionamiento por las derivaciones ideológico-políticas de la II Guerra Mundial, a partir de 1941: la Doctrina de Las cuatro libertades y la Carta del Atlántico. La primera centrada en la obligante vigencia de los valores de la Libertad, sintetizados en el ejercicio de la Democracia; y la segunda proclamando el derecho de los pueblos a la Autodeterminación.

II.- La edificación del régimen sociopolítico liberal democrático: Unas ocho décadas después del cambio histórico proclamado por mencionado Decreto de Garantías, y transcurrido el tiempo histórico, -vale decir la evolución socio histórica requerida para la viabilidad de tan radical reordenamiento sociopolítico-, se inició la edificación del régimen sociopolítico liberal democrático con la puesta en ejecución de lo programado en la preparación ideológico-política del proceso de formación de opinión, y de organización política, que desembocó en la Revolución de octubre de 1945 y se formalizó en la Constitución de 1947.
Sintetizando, cabe considerar que tal proceso, partió de una suerte de instauración de facto del Poder civil, a partir del Decreto Nº 9, fechado en el 22 de octubre de 1945, de la Junta Revolucionaria de Gobierno, cuyo artículo 1º y único reza: “Los miembros de la Junta Revolucionaria de Gobierno de los Estados Unidos de Venezuela, creada la misma noche en que triunfó definitivamente la insurrección del Ejército y del pueblo unidos, quedan inhabilitados para postular sus nombres como candidatos a la Presidencia de la República, y para ejercer ese alto cargo cuando en fecha próxima elija el pueblo venezolano su Primer Magistrado.” Mediante esta decisión se rompió con la tradición del jefe insurrecto entronizado de hecho. Y con la candidatura presidencial de Rómulo Gallegos se le cerró el paso a la reanudación del monopolio del Poder público por los militares, carentes de una figura de prestigio nacional. El así establecido Poder civil adoptó las medidas básicas dirigidas a su pleno establecimiento:
A.- Inauguró el ejercicio modernizado de La Soberanía popular como fuente necesaria de legalidad y de legitimidad en los procesos de formación, ejercicio y finalidad del Poder público.
B.- Completó y perfeccionó la sociedad venezolana al reconocerle sus derechos políticos a la mujer y extender el de sufragio a los analfabetas.
C.- Inició la formulación de políticas genuinamente nacionales, en salubridad, instrucción pública, etc.
D.- Desplazó la tutela militar y la substituyó lo la subordinación constitucional del Poder militar al Poder civil.
E.- Puso en marcha la formación de los bastiones ciudadanos del Poder civil: formación de los partidos políticos, desarrollo del movimiento sindical, estímulo a la formación de una burguesía empresarial mediante la creación de la Corporación Venezolana de Fomento (CVF), desarrollo y fortalecimiento de la clase media, etc.
F.- Esbozó la puesta en marcha la formación de una economía nacional, en el marco de la revisión de los términos del relacionamiento con la inversión extranjera, la promoción del mercado nacional y la reforma agraria integral.
Estas medidas, que, entre otras, habrían de significar establecer clara y definitivamente la primacía del naciente Poder civil, suscitaron el rebrote del Poder militar, (1948-1958), favorecido por un clima político nacional propiciado por La doctrina Truman y la denominada Guerra fría; generándose así La crisis de la instauración, primera y primaria, del Poder civil.

III.- III.- La crisis de desarrollo del régimen sociopolítico liberal democrático en el marco de la definitiva institucionalización del Poder civil, actualmente en curso, fue gestada, en lo interno y en el exilio, al calor de la supervivencia de la experiencia adquirida por la sociedad durante el mal comprendido y peor denominado Trienio. La declaración de defunción de ese trascendental cambio histórico denota una grave ausencia de conciencia histórica; manifiesta en dos graves muestras de pobre sentido histórico:
A.- La relación entre cambio histórico y tiempo histórico, expresada por los requerimientos derivados de la naturaleza del cambio, su profundidad y el alcance del cambio histórico, como determinante del lapso de tiempo histórico; tenida cuenta de la diferencia existente entre cambio político y cambio de régimen sociopolítico.
B.- Ignorar la vigencia de La dialéctica histórica de continuidad y ruptura; la que establece una relación de accidentada continuidad entre La Revolución de octubre de 1945, el 24 de enero de 1958, el 6 de diciembre de 2015 y el denominado Firmazo; continuidad que se sintetiza por la vigencia de lo creado al comienzo de esa secuencia histórica; no simplemente cronológica.

Conclusión: Hay una fuente de certidumbre histórica desprendida de todo lo que llevo dicho. Consiste en que si bien en el comienzo de la secuencia-continuidad estudiada la Democracia descendía de grupos e individualidades avanzados de la clase política, hoy la Democracia asciende desde la sociedad, como ha quedado ratificado con el mencionado Firmazo.

Caracas, mayo de 2016.

18
May
16

Desde Uruguay: La crisis moral que nos atraviesa*

Fot

Por Pablo Romero <pablorg7@montevideo.com.uy>,

Nuestro país, en un fenómeno que no es ajeno a muchas otras sociedades, atraviesa un déficit de capital cultural, cuyo trasfondo implica un problema valorativo, o sea, forma parte de una crisis que es moral, asunto nada menor y que condiciona nuestro presente y futuro. Urge, por lo tanto, reflexionar y tomar cartas en el asunto, involucrando a todos los actores sociales posibles, particularmente a aquellos, que, por su actividad y relevancia social, son determinantes a la hora de pensar un cambio de rumbo.
En tal sentido, el sistema escolar es absolutamente clave. La educación -inseparable del campo valorativo- tiene por finalidad principal -más allá de otros papeles que le caben- el generar espacios de reflexión y acción, espacios de la sensibilidad, que nos permitan alcanzar la felicidad colectiva, el mejoramiento individual que redunde en el mejoramiento de la “polis”.
Y esta tarea debe darse en el devenir de un contexto histórico donde, justamente, a la actual disminución del capital cultural se asocia (como causa y consecuencia a la vez) una modernidad “líquida”, en la cual se han dejado de lado los valores de la modernidad “sólida”, fundada en los viejos pilares de la Ilustración, motivo por el cual se vuelve vital reivindicar la necesidad de pensar, haciéndolo desde la reactivación de los vínculos de cooperación y acción colectiva. En tiempos donde el conocimiento ya no se asocia a la idea de autorrealización ética vinculada al mejoramiento del colectivo, sino que parece estar demasiado atado a los vaivenes del mercado laboral y/o la formación estrictamente técnica, los educadores debemos retomar fuertemente la impronta humanística, centrándonos –entre otros puntos- en la perspectiva aristotélica de “felicidad”, la cual presupone una faceta ética vinculada al conocimiento y se basa en la autorrealización dentro de un colectivo humano, adquiriéndose mediante el ejercicio de la razón que valora.
El valorar, el sopesar, el elegir -en el marco de un tiempo histórico que ha dado un nuevo giro al viejo debate entre valores universales y relativos- parece haberse convertido en mala palabra, en algo propio de “conservadores” y “autoritarios” y es, al menos, políticamente incorrecto sostener que determinados valores culturales son preferibles a otros. La bienvenida diversidad cultural parece haber devenido en una incapacidad valorativa. Se ha impuesto la mirada de que “todo vale lo mismo”, lo cual no ha significado más que decir que “ya nada vale”.
Por otra parte, la idea de un canon universal siempre ha supuesto una mirada elitista y la marginación de toda expresión ético/cultural que no estuviera en sintonía con esa medida de todas las cosas. Y los juegos de poder parecen emerger allí más claramente, en tanto, en definitiva, ¿quién establece el canon y bajo qué legalidad? No se puede negar que el fuerte acento en la diversidad cultural ha dotado a nuestras sociedades de una mayor riqueza y ha permitido escabullirnos del autoritarismo de la considerada a sí misma elite cultural, el “resguardo moral” de toda sociedad.
Ambos posicionamientos llevados a su extremo -ya sea el autoritarismo cultural del universalismo o el relativismo que ya nada valora- parecen ser fieles representantes del agotamiento de un momento u otro del transcurso de los más recientes cambios de nuestra humanidad. En ese vaivén pendulante de conceptos hegemónicos que suele mostrar la historia, los cambios culturales de la globalización posmoderna parecen haberse inclinado fuertemente a favor de un relativismo que ha ido exacerbando su postura y que, sin embargo, comienza lentamente a generar un movimiento en contrario.
El aporte innegablemente positivo de los estudios antropológicos en el campo de la cultura, el beneficio conceptual y democrático de la idea de diversidad cultural, son valores que han llegado para quedarse, pero que en su propio devenir han instalado el germen de la vieja tradición universalista de marcar límites valorativos, en tanto comienza a operar socialmente el reclamo de escapar a las consecuencias de su radicalización.
No la tienen sencillo quienes de algún modo están en el primer frente de esta batalla entre los cambios culturales y los valores.
¿Y quiénes son aquellos que están en ese primer frente? ¿Qué actores constituyen lo público, quiénes son determinantes en la producción y circulación de los valores educativos y culturales y proyectan las posibilidades de enriquecimiento del capital cultural en una sociedad? Entiendo que existen al menos cinco actores fundamentales, relacionados y en modo alguno interdependientes: el núcleo familiar, las instituciones educativas, los medios de comunicación, los gestores culturales y quienes toman las decisiones políticas en el campo educativo.
Y en buena medida cualquier proyecto educativo y deseable para el bien común de una sociedad contemporánea, debe construir su política cultural sobre la base de enfrentarse al desafío desde una óptica ética que atienda la problemática de manera integral, o sea, incorporando decididamente a esos otros actores.
En tiempos donde el valor supremo de lo cultural parece estar arraigado en lo divertido, lo simpático, lo espontáneo, lo fresco, lo efímero e incluso lo decididamente chabacano no será sencillo apelar a una subjetividad ávida de “consumir” otros “productos” educativos y culturales, aquellos cuyas huellas escapen al mero divertimento de ocasión y, en definitiva, marquen valores positivos en la comunidad.
Los principales problemas que el país está padeciendo en materia educativa, tienen que ver básicamente con esta cuestión de la desvalorización del capital cultural, con la debilidad del entramado que conforma el espacio cultural-ético. Fallará toda política de gestión o proyecto técnico en áreas como la educación sino es abordada desde el concepto central que es el del fortalecimiento del capital cultural, abordaje que requiere ir más allá de la mirada meramente economicista o del modismo de la diversidad carente de valoraciones.
Una cultura de valores y valores culturales que fortalezcan la idea de convivencia y bien común es la propuesta que debe encabezar una política educativa que logre superar las actuales dificultades (que son globales y suponen el signo de una época). Articularla y ponerla finalmente en juego es el desafío por el que se debemos estar trabajando todos los involucrados.
En lo inmediato, en ese espacio central de la educación, se vuelven propedéuticos tres ejes de reflexión y trabajo:

a) * El visualizar los espacios educativos como espacios de resistencia ética (y contracultural, visto nuestra actualidad).
b) * Apostar a la formación permanente de los educadores bajo una perspectiva que supere la crisis de la separación entre lo pedagógico y el campo de la investigación.
c) * Humanizar la educación.

Sobre cada uno de estos puntos, reflexionaremos en nuestras próximas columnas, esperando generar un diálogo fecundo, que genere un intercambio público que se nos presenta de modo urgente, porque nuestra crisis, antes que económica, es cultural, es educativa, o sea, es moral.

*Este artículo nos lo envía desde Uruguay su autor Pablo Romero <pablorg7@montevideo.com.uy>, fue publicado originalmente en el Semanario Voces, usted puede dejar sus comentarios, en su blog http://pabloromero7.blogspot.com.uy/ o por sus espacios en las redes sociales: Facebook: https://www.facebook.com/pablorom777 , Twitter: https://twitter.com/Pabloromero74 y Google +: https://plus.google.com/+PabloRomeroGarcía

14
May
16

LA OPRESIÓN

 

La opresión, sinónimo de tiranía, esclavitud y despotismo, entre otros flagelos, es una forma de abuso de poder que algunos gobernantes utilizan para oprimir a sus ciudadanos.

Hay incluso dictadores que, no contentos con someter a su país, quieren extender su autoritarismo hacia otras naciones, pues sus ansias de poder, no tienen límites.

Pero la opresión no sólo se da en gobiernos dictatoriales, también es ejercido por individuos que tienen cargos de mando y también por esposos que pretenden imponer su autoridad o ideas a través del abuso físico o sicológico.

Cuando una mujer es sometida por su marido, quien no le permite salir a trabajar, no le da dinero y le impide hablar con amistades y familiares, está siendo víctima de la opresión de su pareja.

Por otra parte, una dictadura, por ejemplo, oprime a los ciudadanos cuando castiga las opiniones discrepantes, clausura los medios de comunicación tanto escritos como hablados, no permite las manifestaciones públicas y reprime a quienes opinan de manera diferente al régimen. La opresión, en este caso, está ligada a la violación de los Derechos Humanos por no permitir el derecho a la libertad de expresión.

José M. Burgos S.
burgos01@bellsouth.net

09
May
16

El anhelado punto de inflexión.


Foto: Gureu

 

 

 

Cierta visión intuitiva invita a pensar que el actual derrotero tiene fecha de vencimiento y que, más tarde o más temprano, se tocará fondo para iniciar, desde ahí, una nueva era mucho más auspiciosa y prometedora.

Bajo esa perspectiva, el dilema que plantea el presente pasa por identificar cuando finalmente ocurrirá ese instante y que tiempo demandará luego, dar el giro suficiente para iniciar el camino de la recuperación y el crecimiento.

Existe una presunción de que esa será la secuencia de los acontecimientos y entonces el debate pasa por saber si esos hechos deben precipitarse o si es mejor alternativa esperar a que todo se de en forma pausada y progresiva.

Queda claro que, hasta ahora, algunos asuntos se han embestido con determinación y se han resuelto de una sola vez, mientras en otros casos se ha apelado a un esquema mucho más paulatino y escalonado.

Debe admitirse que no se puede pasar a la siguiente fase sin abandonar, de algún modo, el presente. La decisión de postergar soluciones, de ir de a poco, de ser políticamente correcto y excesivamente prudente no parece ser una receta que pueda exhibir garantías, ni demasiadas certezas.

Muchos dirigentes, e inclusive ciudadanos, sostienen que los cambios se deben encarar sin premuras, que todo es muy complejo y que entonces se debe pisar terreno firme para luego recién hacer las transformaciones.

Ese razonamiento puede parecer muy interesante y hasta razonable, pero no necesariamente para todos los asuntos. Algunas cuestiones merecen un tratamiento más expeditivo, enérgico y diligente. No hacerlo implica asumir otros riesgos mayores que a veces no se perciben con suficiente lucidez.

Los que defienden esta modalidad gradualista sostienen que para avanzar se precisa de cierta sustentabilidad política y esos consensos son siempre frágiles y de escasa consistencia. En ese contexto, afirman que hacerlo por etapas es mucho más inteligente y también recomendable.

El problema es, que en ocasiones, sin tomar decisiones apropiadas y en el momento exacto, se dilapida la mejor oportunidad de abordar esos escollos, que no esperarán los ritmos ideales que muchos suponen.

A estas alturas, nadie puede desconocer que la marcha general de la economía condiciona fuertemente a la política, e impacta tanto en el clima social como en los respaldos cívicos que se precisan para evolucionar.

Es por eso que se puede entender, y hasta soportar, cierta parsimonia en tópicos puntuales. Sin embargo, otros, requieren de una celeridad diferente. Es posible que la paciencia ciudadana se agote rápidamente, y entonces la estrategia del “paso a paso”, termina siendo improcedente e ineficaz.

Los sinceramientos económicos nunca son agradables. Cierta tendencia a la comodidad y al natural acostumbramiento de parte de la sociedad, impiden visualizar con claridad la necesidad de poner las cosas en su lugar.

Hacer lo correcto y lo necesario para que todo funcione mas armónicamente, siempre tiene ineludibles consecuencias. Muchas de esas adecuaciones implican pérdidas significativas en el corto plazo. Es que nadie quiere abandonar la “fiesta”, y mucho menos pagarla de su propio bolsillo.

Es innegable que ciertos sectores de la política tienen especial interés en que todo salga mal, que esto colapse y la sociedad pida pronto un retorno a las prácticas del pasado. Pero ellos no quieren ser “los malos de la película”, por eso incentivan con sus arengas, para que sea la misma sociedad la que llegue pronto al hartazgo y reclame un rápido regreso al populismo.

Por eso, quienes tienen la responsabilidad de tomar las decisiones más trascendentes, deben comprender que la paciencia es finita, que todo tiene su límite, que la complejidad de los problemas no puede ser la gran excusa, que la voluntad de cambio y de acompañar este periodo no es inagotable, y entonces se debe entender el trasfondo actuando con mayor prisa.

El explosivo cóctel en el que conviven una sociedad ansiosa por resultados concretos y un perverso sector de la política que, sin escrúpulos ha demostrado su inmoralidad, y que está listo para aprovecharse de cualquier error, es parte de la realidad y no puede ser ignorado con tanta liviandad.

Claro que hacer las cosas rápidamente no genera certeza alguna y que implica asumir enormes riesgos. Pero la supuesta mesura, la ponderada sensatez y el ansiado equilibrio, no aseguran tampoco un exitoso final.

Ambas posturas implican peligros. Siempre algo puede salir mal y así desperdiciar una excelente e irrepetible oportunidad. Pero quedarse paralizado, de brazos cruzados, y apelar al patético discurso de que nadie estará dispuesto a volver al pasado, es demasiado ingenuo e imprudente.

Tal vez sea el tiempo de apretar el acelerador y apurar el tranco, aceptando que no será fácil, ni gratis. Las decisiones osadas tienen un costo político elevado muchas veces, pero esas facturas se deben pagar cuando aún se puede hacerlo, porque de lo contrario, cuando sean inevitables, puede ser demasiado tarde y entonces ya no habrá margen para lamentarse.

La historia es abundante en ejemplos de líderes que postergaron decisiones relevantes y que cuando finalmente quisieron ejecutarlas ya no pudieron y la sociedad, entonces, busco nuevos intérpretes para salir de ese enredo.

Es importante dar vuelta la página, abandonar el pasado y emprender el camino hacia un porvenir superador. Pero eso no sucederá solo con mero voluntarismo, un poco de maquillaje publicitario y sensibleros discursos.

La tarea pasa ahora por profundizar la acción, hacer lo necesario sin titubeos, pagar el costo de esas decisiones con convicción y, luego de ese proceso difícil pero imprescindible, cosechar los frutos de haber reaccionado a tiempo. Es hora de emprender con determinación el camino hacia el anhelado punto de inflexión.

Alberto Medina Méndez

albertomedinamendez@gmail.com

skype: amedinamendez

http://www.existeotrocamino.com

+54 9 379 4602694

Facebook: http://www.facebook.com/albertoemilianomedinamendez

Twitter: @amedinamendez

06
May
16

EL CARISMA SEDUCE


“Il Duce” Mussolini
 

 

Los líderes utilizan su carisma para cautivar a multitudes y así, escalar posiciones, hasta llegar a un cargo que les depare poder y riqueza.

El carisma es un vocablo de origen griego que significa ser agradable y tener magnetismo, la capacidad de atraer y cautivar a los demás con naturalidad y sin esfuerzo, porque el carisma es un atributo innato que forma parte de la personalidad.

Hay quienes aseguran que se puede ayudar a que una persona llegue a ser carismática a través del fortalecimiento de la autoestima, el cuidado en el arreglo personal y la facilidad de expresión, pero sobre todo, una sonrisa que inspire sinceridad, confianza y simpatía.

Algunas personas utilizan esta cualidad para ejercer, sutilmente, influencia sobre los demás.

Pero no siempre las personas que tienen ese don son bondadosas. Un líder, por regla general, es carismático, pero algunos ejercen esta facultad para adquirir poder y utilizarlo para dominar a los demás.

La mayoría de los líderes tienen un carisma especial que va más allá de su capacidad intelectual y tienen el imán para encantar con su retórica a sus seguidores quienes, por creer en sus palabras, acatan sus deseos y no pocas veces se arrepienten.

José M. Burgos S.
burgos01@bellsouth.net

05
May
16

Recuerdan en Argentina al aristotelista sueco Ingemar Düring

https://cubanuestra3eu.files.wordpress.com/2016/05/8757e-id.jpg?w=403&h=628

Nota de prensa: Homenaje a Ingemar Düring – 50 aniversario de su Aristóteles 1966-2016 

Reforma del Código Procesal Civil y Comercial_Villa ángela




mayo 2016
L M X J V S D
« Abr   Jun »
 1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031